30 junio 2008

Diatriba a Akira Kurosawa con toda la buena onda del mundo

¡Nambe no! ¡Pinche japonecio!¡Me caes bien mal! A ver ¿Por qué jodidos tienes que moverme tanto el sentimentalismo? ¿Eh? Yo que estoy rodeada por un mundo plástico y tú llegas a decirme que la gente puede ser de carne y hueso, y cuando trato de mostrar eso entre los otros ¡me tachan de loca y rara! Aclaremos otro asunto ¿por qué siempre andas buscando sentimientos y cosas bonitas y sensibles de la vida? Y peor tantito ¡pasarlas en la pantalla!¡No mames! ¿Qué no ves que el mundo de la actualidad siempre pide entretenimiento y no humanismo?¿por qué crees que ya las masas no te ponen tanta atención ¿acaso no te das cuenta que has sido relegado al lugar del botadero en las tiendas comerciales? ¡Si, así es aunque no lo creas! Y luego trato de prestarte o regalarte con otros y me dicen “¡ay, no, puras marcianadas tú, ni siquiera tienen efectos especiales!” Puras decepciones entre la gente que con la que trato de compartirte, me cae”.

No me malentiendas pero ¿de qué se trata, mijo? ¡Explícate! ¿Qué es eso de hacerme llorar o de frustrarme o de enojarme o hasta de hacerme analizar las situaciones en las que vivo? Te conocí por mafufadas que fueron producidas por el narizotas de Spielberg, pero eran completamente tuyas. Ya sabes, un niño que le toca una lluvia con sol y su madre le dice que no salga porque los zorros se están casando, y el niño le desobedece movido por su curiosidad ¡ya ni te digo con qué sorpresa me saliste al final! ¿Y cómo iba esa otra? ¡Sí! La del soldado que entra a un túnel muy largo y sale por otro lado y de pronto lo persigue el fantasma de uno de sus compañeros caído en el combate, y ya ves, se le ocurre traer a todo el ejército que mató ¿Y qué me dices de la bruja de las nieves? Esa que se veía amable, ya sabes, la que invitaba a los alpinistas en una montaña helada para que se durmieran. ¿Y qué me dices del tipo ese raro y curioso que conoció a Van Gogh y a un demonio con un cuerno y vio como el Fujiyama estallaba? ¡No manches! Tu nomás piensas en desastres, se trataban de tus “Sueños…”. ¡Y eso que fue solo el principio! Luego llegaste con tus cosas de western ¡si, esas que les decían sushi western! Pero de western ni tenían nada ¿‘on ‘taban los vaqueros? Llegué a ver caballos, pero no a tipos con sombrero ni con pantalones ¡tenían espadas!¡y eran samuráis!¡Claro, como eras japonés con algo así tenías que salir! A ti no te tocó, pero uno de tus personajes, el desadaptado ¡era Jack Sparrow!¡Neta!¡Como el de Disney!¡Cagadísimo! El mismo perfil: borracho, mentiroso, embustero, desaliñado, valemadristas ¡y chingón como aventurero! ¡Pero me decepcionas! ¡Sabías que era demasiado bueno! Y unas vez más ¡comienzas con puras desgracias! Un pueblo hambriento que contrata samuráis para defenderse, todo por el consejo del viejo del pueblo, y para eso tienen que alimentar a esos samurais ¡ay contigo y tus historias!

Más adelante haces que berree como un animal en rastro al ver “Vivir”, y comienzas con la patética historia de un viejo burócrata que descubre que tiene cáncer de en el estómago ¡Ay, ay, ay, me volviste a dar! ¿Qué me da? ¡¿Qué me da? Disculpa este discurso apasionado ¡pero necesitaba desquitarme contigo!… Ah ¡y se me olvidaba otra cosa! Por ahí el loco de Lucas (no el pato, el director) dijo que le habías influenciado. ¿Cómo es posible? Aaaahh, claro, una de tus escenitas de samuráis, la que se trataba de alguien con una barba que con un movimiento cortaba un brazo y se veía sangre gris (fue de tu época en blanco y negro). El empresario cuyo monopolio es Star Wars ¡te fusiló la idea en una de sus escenas entre peleas de jedis!¡y también te fusiló las transiciones! Si, esas que son diagonales, inclinadas, de izquierda a derecha, separado con barras laterales para pasar de una escena a otra. Nunca supe que te quejaras de eso. Nunca supe gran cosa de ti, y sigo sin saberla, he visto otras cosas tuyas, y sé cuanto impacto has hecho en el cine. Recibiste un Oscar por toda tu trayectoria y seguías siendo como un niño curioso. Un día de marzo de 1998 te moriste, no en desgracia como alguno de tus personajes, eso lo sé pues siempre mostrabas algo de esperanza al final de cualquiera de tus películas. Eres y serás un ejemplo para todos pues dejaste suficiente legado, más del que tú crees ¿o acaso pensabas que una rancherita anonima como yo no lo notaría? Me declaro ignorante, algunas veces inexperta, sé que solo dije una embarrada de todo lo que hiciste ¡y lo que me falta conocer! Por lo mismo declaro esto, que es lo más honesto que puedo decir por ti.

25 junio 2008

Espantos de agosto - Garcia Marquez

Tiene mucho tiempo que no pongo algun cuento de dominio público de cualquiera de mis autores favoritos, pero para variarle un poco pondré de uno muy famoso con el cual he batallado lo suficiente para leerle una novela completa, se trata de Garcia Marquéz quien como novelista nunca ha logrado engancharme, pero sus cuentos son otra cosa, así que viene de ahí:

Espantos de agosto - Gabriel Garcia Marquez

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

-El más grande -sentenció- fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. "Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

22 junio 2008

No tengo dinero pero tengo el ciberespacio

La vida da tantas vueltas como el hecho de que ahora estoy en un parque en el municipio de Guadalupe, Nuevo León, estoy escribiendo desde mi lap top y estoy detrás del Autozone y el
Waldos de la Avenida Benito Juarez ¿Aparento ser rica por tener una lap top? ¡No! Lucho por la comida de ahora y tengo poco capital, pero no me quejo. Algunos tienen cigarros, otros la cerveza o la marihuana, yo prefiero el internet. Nada se compara con el hecho de postear algo y tener la posibilidad de consultar cosas que a nadie le interesan como webcomics, el correo, ver espacios como estos y quizá hasta repetirse durante muchas veces. No me puedo quejar, aqui estoy.

Quizá el dinero no sea todo y si me lo propongo tal vez pueda hacer mi aportación en ese espacio tan irreal que es el internet. De todos modos aqui puedo ver tantas mentiras como la muerte de Castro, el record mundial de la mujer más vieja o el leer lo que otros hacen o piensan mientras bajo de forma "ilegal" música". La prisa no me permite ahondar en detalles, la era contemporanea pide las cosas aprisa, pero heme aquí y tal vez venga mañana

20 junio 2008

En la super aventura del internet

Justo hace unas horas me dediqué a buscar redes abiertas como si se tratasen de metales preciosos. En lugares de Guadalupe donde tenía la idea de por verse cacos, o más bien, con aire de pueblo inseguro, dudaba que hubiera, pero a tres cuadras de donde yo vivo, por una tienda de abarrotes, donde tienen cancha de futbol con piso de tierra y no de pasto, donde hay vidrios tirados y algo de basura, resulta que encontré una red libre. Ovbiamente no puedo decir que dominé el internet, pero si me puedo jactar de encontrar un lugar que calme esta hambre de (des)información que tengo. Veo la realidad y estoy en el internet, se ha creado una perfecta armonía entre los dos gracias al acceso a la lap top que tengo. Siento el fresco de la noche, el viento que sopla y alborota mis cabellos grasientos. Diría que parece peligroso, pero en este parque detrás de un Waldos y un Autozone que estan en la avenida Benito Juarez me siento muy bien. Quizá me de mis vueltas por aquí más seguido. No sé a quien le estoy roband... digo, pidiendo prestada la red. Sin más que agregar y con riesgo de que la bateria se me acabe, es todo lo que tengo que decir por el momento. Me desacostumbré a la vida de internet, pero ahora estoy de regreso, y con más fuerza.

Se aceptan escupitajos y comentarios a un escrito meramente egolatra =)