31 julio 2009

Mis vacaciones, segunda parte

Pues les digo esto por anticipado, puras mentiras. Bueno, al menos desde mi perspectiva. Hace dos semanas que no escribo aquí por cuestiones de trabajo y vacaciones. Esperaba hacer una segunda parte de fotografías con mis vacaciones en el D.F., sin embargo a mi abuelita Concha se le ocurre morirse el mero día en que yo llegué para saludarla. Ese es uno de mis pocos arrepentimientos, ella ya estaba mal desde antes, pero solo necesitabas hablarle para que te reconociera e hilara las cosas, de igual forma me siento mal por la forma en que la familia del D.F. la trataba, pocas veces platicaban con ella y la escuchaban, mis primos se la pasaban viendo la televisión mientras ella dormía o se quedaba sin decir nada. Y yo como buena foránea me quedaba callada por igual, la última vez que la vi me quedé hablando con ella media hora pues pudo reconocerme como su nieta. Se le iba mucho el avión pero tenía conocimientos de totonaco, de costura y de gastronomía del centro. Y supongo que tenía conocimientos en otras cosas como la mayoría de los ancianos la tiene, mi punto de vista es que se dejó morir pues hacía cuatro años que había muerto su esposo, mi abuelito Sadot. Su entierro fue un tributo a esos entierros que nadie ignora pero tienen un misticismo de los pueblos indigenas. Primero la velaron, el 22 de julio, en el D.F. la casa se convirtió en un zombie depresivo, por alguna u otra razón llegaron las familias del norte, de Puebla, de la misma delegación, quienes podían enterarse. Y al día siguiente, a las once, la caravana funebre inició desde acá hasta Zapotitlán de Mendez, Puebla. La primera media hora del recorrido pasaron cosas jocosas, como el hecho de ser detenidos por una tránsito que pensaba que llevabamos "carga pesada" y luego a adentrarnos en la carretera interserrana, que es toda curvas.

Fue entonces que la velaron en Zapotitlán, un pueblo rodeado de montañas que no pasa más de veinte cuadras, donde todos se conocen, está tan alejado y adentrado que no llegan las señales de los celulares, y a duras penas se distingue en el google maps, pero lo irónico es que tienen tres cibercafés con internet satelital.

Allá se toman el velorio en serio, hay creencias como la de ponerle a los bebés un ajo en su ropa para que no les llegue "aire de muerto" así como los hombres que ayudan a la comida tienen que acompañar al acompañar al muerto hasta altas horas de la noche mientras juegan dominó, baraja española y toman cerveza y aguardiente. Todos conocen a todos y las casas estan abiertas, no existe el concepto de robo o de posesiones, todo se comparte. También hay una naturaleza constante que te hace querer salvar el planeta, llegué a ver saltamontes, palomillas de color azul, así como arañas patonas de color pardo atigrado, pero en especial me llamo la atención un escarabajo dorado.

Al día siguiente nos tuvimos que levantar temprano pues las campanas de la iglesia sonarían tres veces, algo así como "primera llamada, segunda llamada, comenzamos" a la tercera llamada mi prima me dijo "llevate esta cruz y yo me llevo la otra" y se refería a las cruces de flores que acompañaron a mi abuelita durante la vela. Soporté bien el peso hasta la iglesia, me salí a media misa pues mi sobrina estaba llorando, me dijeron que le llevara el ajito para meterselo en la ropa. Increiblemente le funcionó. Después de terminada la misa tuvimos que caminar hasta el panteón del pueblo, yo ya trastabillaba pues mi tía tuvo que ayudarme con la cruz de flores. Mis hermanos, primos y tíos tuvieron que cargar el ataúd y me platicaron que de igual forma les pesó. Supongo que fue el peso del sepulcro en general pues fuimos acompañados por casi todo el pueblo, fácil unas cuarenta o cincuenta personas, todas con su ramo de flores y su vela.

Antes de irnos a Zapotitlán mi novio estuvo en el velorio, es curioso que con lo que me gusta Jaime Sabines nunca se lo haya enseñado, mi papá puso este poema cuando estabamos emborrachándonos para olvidar un poco el dolor. Muchos aciertos y muchas verdades.

Hasta aquí puedo narrarlo, lo demás es normalidad

La procesión del entierro - Jaime Sabines

La procesión del entierro en las calles de la ciudad es ominosamente patética. Detrás del carro que lleva el cadáver, va el autobús, o los autobuses negros, con los dolientes, familiares y amigos. Las dos o tres personas llorosas, a quienes de verdad les duele, son ultrajadas por los cláxones vecinos, por los gritos de los voceadores,por las risas de los transeúntes, por la terrible indiferencia del mundo. La carroza avanza, se detiene, acelera de nuevo, y uno piensa que hasta los muertos tienen que respetar las señales de tránsito. Es un entierro urbano, decente y expedito.

No tiene la solemnidad ni la ternura del entierro en provincia. Una vez vi a un campesino llevando sobre los hombros una caja pequeña y blanca. Era una niña, tal vez su hija. Detrás de él no iba nadie, ni siquiera una de esas vecinas que se echan el rebozo sobre la cara y se ponen serias, como si pensaran en la muerte. El campesino iba solo, a media calle, apretado el sombrero con una de las manos sobre la caja blanca. Al llegar al centro de la población iban cuatro carros detrás de él, cuatro carros de desconocidos que no se habían atrevido a pasarlo.

Es claro que no quiero que me entierren. Pero si algún día ha de ser, prefiero que me encierren en el sótano de la casa, a ir muerto por estas calles de Dios sin que nadie se dé cuenta de mí. Porque si amo profundamente esta maravillosa indiferencia del mundo hacia mi vida, deseo también fervorosamente que mi cadáver sea respetado.

2 comentarios:

Augusto dijo...

Que profundo. Me encanta tu sensibilidad. Lamento lo de tu abuelita.

Ciudadana Herzeleid dijo...

Gracias