miércoles, 3 de enero de 2007

Beber de tu sangre - Los amantes de lola










Tantas cosas en la mente me aterran
el pensar en todo y nada de una vez
el estar dormido, el soñar con frío
el permanecer perdido, buscándote

Tras los muros de mi casa tan fría
que puedo pensar en algo para hacer calor
el moverme me hace titubear y dudar
pero esa imagen no se irá jamás

Y el pensar en ti me hace recordar
el encanto que provoca tu fragilidad
quedarme sentado aquí me puede congelar
el hablar de ti me puede delatar

Podría gritar
que me dejes beber de tu sangre

Y el pensar en ti me hace recordar
el encanto que provoca tu fragilidad
quedarme sentado aquí me puede congelar
el hablar de ti me puede delatar

Podría gritar
que me dejes beber de tu sangre

Podría gritar
que me dejes beber de tu sangre

Podría gritar

sábado, 2 de diciembre de 2006

...







What Fosters Home for Imaginary friends friend are you?




You are...Cocoa! You are strange and different, but still cool and crazy!
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viernes, 1 de diciembre de 2006

En estos tiempos de cambio pólitico...

Solo aplico el lema de los monitos (o en este caso, extraterrestres)










No escucho, no veo, ni hablo maldad

jueves, 23 de noviembre de 2006

Unas tocadas para el mes de diciembre

Muy bien, este blog se caracteriza por sus pocas actualizaciones, pero cuando valen la pena se ponen aquí. Si existen alienados punketos skateros muevematas, favor de presentarse a esta tocada. Pónganse a escribir un libro y lo venden en la calle, pinten un cuadro y lo venden caro, se ponen a hacer malabares con fuego que en otras ciudades los desprecian pero que aquí nadie conoce. Y así a este paso ¡¡¡haremos una revolució n cultura y progresista en esta ciudad de mierda monetaria!!! Ok, no, sueño mucho pero nada cuesta soñar.



















Y para los que gusten fresear de vez en cuando (no se hagan, los estoy viendo... momento, soy yo en el espejo):


Bar "The One" presenta:


KINKY
junto a McKane y no recuerdo que otro DJ (datos a actualizarse)
12 de diciembre
Boletos en taquilla: 250
Boletos en preventa: 200

Listo, esto fue todo el mensaje

lunes, 23 de octubre de 2006

Cientos de miles



Otro corto hecho con el movie editor, a puro dibujo que he hecho y también a fotos que tomé con mi camara digital. Como siempre, no hay historia ni nada que contar.

martes, 3 de octubre de 2006

domingo, 1 de octubre de 2006

Oomph - My Hell

You'll never know how my hell burns
You'll never know how my hell turns
You'll never know how my heart bleeds
You'll never know what my heart needs

Nothing can surpass the murderous...
Nothing can surpass the murderous...
Nothing can surpass the murderous...
Nothing can surpass the murderous...

You'll never know how my hell kills
You'll never know just how it feels
You'll never know how my heart beats
You'll never know what my heart leads

Nothing can surpass the murderous...screaming
Nothing can surpass the murderous...screaming
Nothing can surpass the murderous...screaming
Nothing can surpass the murderous...screaming

Come and surpass the murderous...
Try and surpass the murderous...

You'll never know what my hell means
It's never just like how it seems
You'll never know what makes me freeze
What fucking forces me to breathe

Nothing can surpass the murderous...screaming
Nothing can surpass the murderous...screaming
Nothing can surpass the murderous...screaming
Nothing can surpass the murderous...screaming

Fear is my strength here in my hell
(To) love means to hurt
Tears in my eyes, here I will die
(To) love means to hurt
Kiss me goodbye, I'll stay disguised
(To) love means to hurt

martes, 29 de agosto de 2006

Actualizaciones

Bien enemiguitos de la red (esto lo digo con cariño) ya actualicé un link que tenía roto , y ahora estrené muchos blogs más. Estoy haciendole un webcomic a mi conejo. Si quieres visitarlo y dar opiniones, y el link es el siguiente:

Alice, un conejo literario

Es un homenaje a mi mascota querida e iré actualizándolo semanalmente.Enjoy et :)

domingo, 27 de agosto de 2006

La torre - Howard Phillip Lovecraft

Desde esa esquina se puede ver la torre. Si el testigo abandona por un segundo el ruido de la vida porteña, descubrirá tras las paredes circulares un aquelarre. El eco del mismo lugar que la humanidad resguarda en la penumbra bajo diferentes disfraces. La esencia de los cimientos de construcciones tan antiguas como las pirámides y Stonehenge. Allí se suceden acontecimientos -incluso próximos a lo cotidiano- que atraen a hados y demonios.

Fue lupanar y fumadero de opio. Acaso alguno de sus visitantes haya dejado el alma allí preso del puñal de un malevo. Pero fue cuando llegó aquella artista pálida, María Krum, que su esencia brotó al fin. Recuerdo que apenas salía para hacer visitas a la universidad. Fue en su biblioteca donde hojeó las páginas del prohibido Necronomicón. Mortal fue su curiosidad por la que recitó aquel hechizo. Quizá creyó que las paredes sin ángulos la protegerían de los sabuesos. Pero esas criaturas son hábiles, impetuosas, insaciables. Los vecinos oyeron el grito del día en que murió. Ahora forma parte de la superstición barrial. Pero yo sigo oyendo su sufrimiento y el jadeo de los Perros de Tíndalos que olfatean, hurgan y rastrean en la torre.

jueves, 29 de junio de 2006

Alcoholico deseo

Sacude la cabeza en balde
no obtendras nada a cambio,
come de esta aspirina supraracional
y alimentate de esta taza de caldo blanco.
Mezclala con sueños y lisergias de una botella marrón.
Besala con el deseo de los muertos
y reánimala con el ardiente beso de una histeria.
Amanece en un Monterrey de fuego y vergüenza,
conviertete en la enanita coja del corazón,
ocultate en una botella de pepsi cola
y deshazte de estrellas de cansancio,
estrellas technicolor de la envidia
estrellas de Ivan, que sepa donde andará.
Vuela junto a las palomas que dicen hacer poesía barata
y alimentate de tus deseos necios, de tu infame andar.
Desea deseador deseando desear lo que no se puede desear.
Dame una lata de cerveza para que pueda admirar el mar.

lunes, 5 de junio de 2006

No es nada de tu cuerpo - Jaime Sabines














No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca —tu boca
que es igual que tu sexo—,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:

Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.

jueves, 1 de junio de 2006

Feliz día del fumador

Este día puede acontecer todos los días, a excepción del 31 de mayo ¿y por qué hasta ahora decido escribir al respecto? Pues verán ustedes, pocos lectores. Quizá no sea una fumadora empedernida, pero si tuve oportunidad de ver a mi madre fumar, de ver a tantas chachalacas (disculpa Obrador, por tomar tu frase) en una nube de humo. James Bond fumaba cigarrillos en una manera inglesa, muchos tangos hablan de fumar mientras se espera al hombre que se ama ¿que sería del jazz sin un ambiente lleno del humo del tabaco? Combaten tradiciones y combaten raices. Algo que tenía el cigarro antes era respeto, ahora tiene que lidiar con censuras y encubrimientos. ¿Y eso que importa? Ya nadie lo anuncia y aún así todavía los siguen comprando? Antes fumar significaba rebeldía, mas no asesinar tu cuerpo. Hoy todo el mundo fuma, por lo tanto si lo haces ya eres uno del montón.¡Que contrariedad! ¿Fumar o no fumar? He ahi el dilema. Ya se probó que al fumar tus pulmones se carcomen por el señor negro nicotina, pero todos olvidan al tábaco, esa morona café que viene de la misma planta, inalterable, pesada. La imagén que se censura ahora es el cigarro lleno de quimicos, pero es lo que la gente quiere.

Soy muy intolerante en esto. Cigarros "light" y "amentolados" no son cigarros, son mutantes del tabaco original. Nadie se atreve a probar un habano cubano por su fortaleza de sabor ¿Y que importa? El sabor alterado se vende también.

Son tantas las variedades, colores, y formas del cigarro, que da lo mismo que pongan o no un día para fumar, o no. Es decisión de cada quién.

Ayer no fumé nada, y hoy, tal vez tampoco lo haga, pero mi cajetilla de cigarros "Delicados" sigue guardada en la bolsa del maquillaje.

lunes, 8 de mayo de 2006

Which Serial Killer Are You?


Which Serial Killer Are You?

Jack the Ripper killed six prostitutes in WhiteChapel, England using knives and derringers. He is the first documented serial killer and because he was never caught his legend has had many eyears to grow. His reign of terror in 1888 has leaked through to todays modern world, he is one of only two serial killers to give birth to copycats. Jack has had four copy cats. Because of this killers notery and infamous legend many experts have tried to deduce who Jack the Ripper was, but to this day still no one is close. (This includes the Prince Jack theory). Jack liked to spend a great deal of time at the vicitms body after death (well over an hour) so he could rearrange instestined as he saw fit.If you are Jack the Ripper this symbolizes extreme originality and self dependancy.
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El corazón delator - Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

jueves, 20 de abril de 2006

Preguntas - Questions




Este es un corto que hice para el dominio publico. "Tomenlo o escúpanlo, son libres..."

sábado, 4 de marzo de 2006

Suicidio IV

Fue en uno de mis primeros encuentros con el internet en casa de una tía.

Me metí a la sala de gótico, lleno de usuarios cuyos nombres eran variaciones de la raíz "oscuridad" escrito en inglés. También venían incluidos otros nombres más obvios como "Dark Tranquility", "Dez Fafara", "RENEEEFILTH", "Stölzes herz" y "Robert Smith", uno de esos usuarios que quizás se haya perdido de sala abrió otra e invitó a que varios fuesemos, la sala para personas con problemas psicológicos. Fui para ver que tan cierto era ese tema con el que habían abierto esa sala, la mayoría eran bromistas, yo les dije que tenía ganas de suicidarme con una navaja y cortarme las venas, les aclaré que no estaba bromeando, muchos "JAJAJAJAJAJA" llenaron la pantalla de la computadora. Insistí en que iba a hacerlo, los insulté porque yo pensaba que si era una seria dispuesta a ayudar. Me levanté del asiento y fui al baño, ahi estaba el cutter que mi tía tenía para hacer sus manualidades. Era tan sencillo, nada más había que enterrar la navaja en la piel y verla sangrar ¿no es así? La enterré, logré que me doliese ¿no era eso lo que deseaba de una vez? ¿acabar con el dolor? Pero no sangraba, el cutter no tenía filo suficiente para cortar mi piel reseca. Entonces subí al techo del segundo piso silenciosamente y vi a la calle, vacía por la ausencia de un atardecer laborable, un atardecer morado que me abrigaba. Vi un coche viejo de color rojo, un Pinto que le pertenecía a mi mamá y que ahora era chatarra del camino. Me visualicé en la capota del auto, envuelta en mi manto de acero pintado de rojo, descansando como la joven suicidada del Empire State en la foto de Robert C. Wiles, solo caer. Ahi me quedé alrededor de media hora esperando a que mi tía o alguien me detuviese, pero fui yo quien cobardemente lo hizo. Cuando bajé del techo y regresé a la computadora los usuarios estaban preguntando que había ocurrido conmigo, les dije que me quedé en el techo y solo vi el paisaje. A ellos no les interesaba si del otro lado estaba llorando en silencio.

viernes, 3 de marzo de 2006

Suicidio III

Una plática de niñas en primero de secundaria que recuerdo haber tenido

-A mi me gustaría sentir un balazo en el corazón, así como se ve en las telenovelas.
-Yo quisiera saber que se siente que te atropellen.
-No, ustedes no saben, mejor a ver que se siente ahogarse.
-Ay, que chiste, si todas sabemos nadar aquí.
-Ustedes sabrán nada, pero yo no.
-Pues yo insisto en lo del balazo, estaría buena esa escena, así, cayéndo bien dramáticamente
-¿Pero que pasaría si unas llantas pasan encima de ti y te hacen mierda todo tu cuerpo? Eso estaría padre.

Todas me miran y me hacen la misma interrogante "¿y tú?¿cómo te quieres morir?"

Yo les respondo que no lo sé, pero que me gustaría hacerlo pronto.

miércoles, 1 de marzo de 2006

Suicidio II

Fuente de primera mano.

"Cambié de ciudad, cambié de casa y cambié de calle, cambié de amigos. Eramos cinco niñas que molestabamos a los niños, mientras las demás andaban en bicicleta yo anduve patinando, cuando tenía los patines las demás andaban a pie. A dos de ellas, quienes eran hermanas, las encerraban en su casa con candado cuando sus padres salían fuera. Diariamente las veía y usabamos la cochera para ponernos a bailar o a jugar con tazas de plástico rotas y muñecas mutiladas por nuestros enérgicos juegos. Cuando nos tocaba encontrarlas encerradas no nos deteníamos, jugabamos a través de la reja para pasar el rato, pero tanta era nuestra desesperación que fui yo quien se atrevió a cruzar una barda de cinco metros de alto subiéndo a través del árbol que estaba junto a su casa, llegar a la reja y bajar por ella era sencillo. Entonces mis amigas me siguieron y cruzaron la reja para llegar con Enriqueta y Gabriela, las hermanas encerradas. Sus padres llegaban hasta tarde, así que era suficiente para nosotras quedarnos un tiempo y salir por donde habíamos llegado. Así pasaron los meses entre juegos, rompecabezas, bailes, canciones y dos perros chihuahua (fue con esas hermanas que por primera vez conocí a esta odiosa y mimada raza de perros, ya que, despues de nosotras, esos perros eran sus únicos amigos). Fue en una ocasión como cualquiera cuando habíamos subido las tres por la reja, una de ellas gritaba "Tén cuidado, está haciéndo mucho viento" yo le respondía que nada pasaba y todo estaba bien, la otra seguía insistiendo en que no fuese tan segura de mi misma, yo le dije que tenía el equilibrio y nada podría pasarme. Recuerdo haberme quedado de pie en la reja, el sol estaba en su cenit y el cielo era azul, las hojas del árbol se sacudían fuertemente, al vaivén del viento, su sonido me hipnotizó y cerré los ojos para escuchar como crujían rítmicamente, entonces quise descansar y escuchar al mundo. Cerré los ojos y me aventé de espaldas a la oscuridad del árbol, dejando que me tragase su espesura de verde tiniebla. Vi destellos y rayos de luz, las hojas me rozaban con suaves rasguños y las ramas hicieron lo posible por agarrarme, más la gravedad se los impedía. Fue cómo si hubiera salido disparada de una cueva oscura cuando salí de las sombras del árbol y azoté en el suelo, estaba acostada de espaldas, un techo verde me saludaba, entonces me di cuenta de que había regresado a la tierra y vino el dolor. Lloré como la niña que era, tenía un arañazo que recorría media espalda, me pusieron mertiolate para desinfectarme, fuera de esa herida no había otra evidencia de que me hubiera hecho daño. Mamá me regañó por ser tan descuidada y que nunca lo volviera a hacer. Otros meses más tarde volví a cambiar de casa, de calle y de amigos. Cada quién siguió su rumbo y nunca más las volví a ver. Ahora he olvidado el nombre de algunas de las amigas que fueron testigos de lo que me sucedió. Seguramente no recuerdan nada."

martes, 28 de febrero de 2006

Suicidio I

Confesión hecha por Maria del Rayo Sosa Luna en algúna fecha posible de septiembre del 2003:

"Tú te querías suicidar siendo una niña en alguna visita que hiciste aqui al D.F. ¿no lo recuerdas? Yo si lo recuerdo con susto, te había llevado conmigo para que pasearamos por la ciudad, pero yo tenía asuntos pendientes y tuve que pasar a un banco, llegué contigo y salimos a la calle. No sé que te ocurrió que comenzaste a llorar de la nada, estabas histérica y no te podía calmar. Corriste directo a la calle repleta de coches a matarte. Fui apurada tras de tí y te jalé de la camisa, te sacudí para que reaccionaras y te preguntaba desesperada '¿que tienes?¿que tienes?'. Seguiste llorando hasta que te calmaste, nunca supe que te pasó ese día, tendrías unos cinco años, supongo que te engentaste."

lunes, 27 de febrero de 2006

Agradecimiento a las fresadas de un punk alienado

Una reseña de mi blog, soy una rockstar =D que va a ser conocida en todo internet, yupi. No, estoy bromeando, es solo que uno de mis compañeros reynosenses se atrevió a reseñar este blog abandonado, tan contrastante. Su reseña fue critica, no criticonada subjetiva, y lo acepto, mis lunas son mis lunas, pero debo cambiarlas. Gracias a él cambiaré el template por un universo, esperenlo pronto. Mientras tanto visiten su page que tiene cosa chidas =). Está en mis links, y si no lo ven, aqui lo tienen.

http://mexicanhobbit.blogspot.com

Ahora solo admiremos una botella de vino cabernet sauvignon acompañado de su copa amante y sus putativas uvas:




Suficiente alimento para el alma.

domingo, 19 de febrero de 2006

Crusi, cursi, cursi

Creo que el 14 de febrero tardó en pegarme, hoy me puse a ver besos ajenos en google video. No encontré muchos. Pero creo que son suficientes, para el que tenga el corazón hecho pedazos y quiera sufrir. Gózenlos.

Secuencia de un beso andrógino
Palomas besándose
Beso filmado por Edison
Besar debilita
Comer a besos

Permiso, debo ir a soñar o a mojar los calzones.

sábado, 14 de enero de 2006

Una letra de Gloria Trevi y una animación en gif

Ayer puse mi reproductor para que pusiera canciones al azar. Y me sorprendió que tuviese esta rola, pero ¿que puedo decir? Gloria Trevi fue la que quitó varios tabús que tenía la sociedad mexicana, y ni modo, resultó ser una obra de teatro que se le vino encima. Aún así la letra de esta rola me conmovió. Me pregunto si ella lo habrá escrito.




Gloria Trevi - Lloran Mis muñecas

Lloran mis muñecas, lloran
pues ya no queda nada de
niña en mi
tu me robaste la inocencia
al creer en tus promesas
ya no puedo creer ni en mi
y sólo dejarán de llorar mis
muñecas
cuando ya no piense en ti ...

Lloran mis muñecas, lloran
en soledad y en la misma
habitación
donde escuché cuentos de
hadas
y tus manos me encantaban
y en mujer tu cuerpo me
volvió.

Y sólo dejarán de llorar mis
muñecas
cuando ya no piense en ti.
Y sólo dejarán de llorar mis
muñecas
cuando ya no piense en ti.
Y sólo dejarán de llorar mis
muñecas
cuando ya no piense en ti.

Cuando no me caiga el mar
entero
de tu silencio,
cuando la piedra de tu
corazón
no me vuelva a golpear,
cuando tu presencia sin estar
no pueda
mi cuerpo erosionar.

Lloran,
lloran,
lloran mis muñecas lloran
ríos rojos de mi corazón!
y poco a poco me vacío
de la sangre que te amó...

Lloran,
lloran,
lloran mis muñecas lloran
hilos rojos escurriendo a mis
pies!
que van volviéndose listones
de un manto rojo en el que
dormiré ...

Sangran mis muñecas
abiertas
de donde salen las
mariposas
que formaban mi alma loca
que gota a gota me deja sola.

Lloran mis muñecas, lloran
desde que sé que ya no seré
feliz
y comprendí que mi
esperanza
se aferraba a la nada
y que tu no serás para mi ...

Y sólo dejarán de llorar mis
muñecas
cuando ya no piense en ti.
Y sólo dejarán de llorar mis
muñecas
cuando ya no piense en ti.
Y sólo dejarán de llorar mis
muñecas
cuando ya no piense en ti,
cuando ya no piense en ti,
cuando ya no piense en ti
cuando ya no piense ...



Ahora, despues de cortarnos las venas, veamos la imagen de un personaje de los video juegos que concentra todo su poder para sacar algo especial que le de de comer, y cómo un imbécil le roba lo que tanto trabajo le costó. De algún modo me sentí identificada con esta animación =).

lunes, 9 de enero de 2006

Aceite de perro - Ambroise Bierce, recuerdo que me dejó Alejandro Licona

En alguna clase de guión de televisión en el 2004, Alejandro Licona, nuestro profesor, nos contó un cuento, pero como buen cuenta cuentos nos dejó el final en suspenso para que así, a quienes le interesase, lo buscasen y terminasen de leerlo. El cuento era de este niño inocente de padres honestos que hacían medicina de "aceite de perro". Y como extraño postear cuentos, y como mi amiga Ukum me lo recordó me lo recordó en un mail, pues ahora se los paso a dejar para que lo lean:

Aceite de Perro - Ambroise Bierece


Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Oil Can. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.

A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.

Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón de que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.

Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría los huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo del incomparable Oil Can por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.

Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mí padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.

Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.

A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.

domingo, 8 de enero de 2006

Alucine gratuito - Cortesia de Kol Belov

Son las siete de la mañana, pero todavia no amanece. Decidí tratar de que el internet me aburriera, pero resultó ser todo lo contrario al ver este flash, durante este día no voy a poder dormir





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viernes, 6 de enero de 2006

Tengo secuestrado al mono de la rosca de Reyes













Más vale que me paguen por tenerlo bajo mi custiodia. ¡¡¡Exijo cooperación para hacer los tamales el día de la Candelaria, en caso contrario seguirá torturado por mi aliento apestoso a tacos de suadero con extra cebolla!!!

No se preocupen, está mucho mejor conmigo. De algún modo todos los años me toca un mono.

jueves, 5 de enero de 2006

Alain Delone en imagenes

Como adoro a este tipo



El motivo de este post es porque me encontré con una pélicula en donde él salía. Era "El tulipán negro". Mucho antes de las estúpideces como "El zorro", él hacía dos personajes, uno pesimista que salía con las mujeres y se aprovechaba de su situación de cortesano mientras que llevaba otra vida como el defensor espadachín llamado "El tulipán negro". A buena hora llega su hermano gemelo a sustituirlo. Para los que tengan el canal "Europa europa" les recomiendo que lo vean y se den su vuelta por la pagina. No solo por este papasito a quien conocí ahi, si no porque también tienen filmes altamente recomendados.

Ahora, si me disculpan, seguiré babeando por este tipo. Y me limitare a comentar sobre él en un estilo muy subjetivo e impregnado por la euforia de una gruppie.



¿No tienes ganas de tocarle esos flacos pectorales, inclusive si eres hombre? Admiralo.




Aqui a la James Bond. ¡Que labios tan mordibles!



Inclusive de viejo no pierde la gracia. Así son los buenos actores, los que perduran ante todo.




Ahora regreso a mi normalidad, permisito.

Por cierto ¿alguien me quiere prestar esta pelicula?¿o decirme cuando la pasan en el once?

martes, 3 de enero de 2006

Rememorando la muerte de un muerto: Vincent Schiavelli

Me vengo enterando de un actor que acaba de morir: Vincent Schiavelli

Ironía de ironías, protagonizando a un fantasma suicida, siempre estuvo muerto para mi. Mientras el fantasma del tren subterraneo deseaba vivir para poder fumar otra vez, él actor que lo encarnaba muere el 27 de diciembre del 2005 por disfrutar este vicio (cancer de pulmón). Si existe la justicia poética, me cae.


lunes, 2 de enero de 2006

Feliz año nuevo.

Si, culeros (lo digo de cariño) Feliz año huevo nuevo. Y como no tengo otra cosa más que alcohol dejaré que disfruten al visulaizar estas cervezas. Es todo




Ahora, a divertirse, y no quiero excusas. Aviso que este año en este blog me ponga mamotretamente cultural. Espero que eso no aburra a los pocos visitantes de esta página. Ahora me largo, les doy autorización de ensuciar el lugar

Hola, druguitos


He decidido empezar el año con un blog nuevo. Es en parte por poner aquí as cosas que me gustan, o para mentar madres. O hablar del último libro pretencioso que salga al mercado, igualmente el disco. Esto me encontré en la primera página del periódico local (rareza de rarezas, comparado a los monopolistas del DF)

¡Oh, miren! El EZLN hace una gira para "La otra campaña". ¿Para cuando?¿para cuando la Revolución Marquitos? Siento que hasta eres centro izquierdista. A menos que ahi tengas entretenidos a los indigenas ¿por que si son tus palabras, verdad? Nunca espero nada, tu camina y enséñales a todos lo que tengas que enseñar. Que los intelectualoides se con sus opiniones. Acabo de recordar que tu también eres de los míos, solo que tu si sigues convicciones y te vale un cacahuate tostado los demás. Adelante.

Pero un momento ¿no debería de haber alguién como Marcos acá en el Norte? Si al sur tuvieron a Zapata, acá deberían de estar los neovillistas ¿no? Pobre, por eso necesita venir hasta acá. ¿Dejará a un zapatista? No sería nada justo para esta región desértica. ¿Y por que hablo yo de estas cosas? No digo que no me interese, es el morbo que me da el EZLN desde que tengo diez años. Y quizá porque mi profesor de guión de cine, Enrique Rentería, dijo que Marcos era de nuestros lares.

Alice les manda saludos =)

miércoles, 14 de diciembre de 2005

martes, 6 de diciembre de 2005

dem
You are Form 8, Demon: The Destroyer.

"And The Demon took advantage of the chaos
and seized civillization. With grace and
style, Demon slit The Goddess's belly and
drowned the world in her blood. The Goddess,
The Demon, and the world were no
more."


Some examples of the Demon Form are Seth (Egyptian)
and The Horsemen of the Apocalypse (Christian).
The Demon is associated with the concept of
destruction, the number 8, and the element of
earth.
His sign is the full moon.

As a member of Form 8, you are a very strong willed
individual. You don't let others' opinions
sway your own and you're usually not afraid to
speak your mind. However, some may see you as
a bit overly passionate but it's just because
you never back down from your values. No
matter what, you always do everything with
style. Demons are the best friends to have
because they will back you up.


Which Mythological Form Are You?
brought to you by Quizilla

viernes, 2 de diciembre de 2005

The cure - Burn


The Cure
Burn

Don't look, don't look
the shadows breathe
whispering me away from you
don't wake at night to watch her sleep
you know that you will always see
this trembling, adored, toussled bird-mad girl

every night i burn
every night i call your name
every night i burn
every night i fall again

don't talk of love 'cause shadows blur
murmuring me away from you
don't talk of worlds that never were
the end is always ever true
there's nothing you can ever say
nothing you can ever do

still every night i burn
every night i scream your name
every night i burn
every night the dream's the same
every night i burn
waiting for my only friend
every night i burn
waiting for the world to end

just paint your face and shadow smile
slipping me away from you
oh it doesn't matter how you hide
find you if we're wanting to
so slide back down and close your eyes
sleep awhile - you must be tired

when every night i burn
every night i call your name
every night i burn
every night i fall again

every night i burn
scream the animal screams
every night i burn
dream the crow black dream

dream the crow black dream

Still every night I burn, every night I scream your name.
Every night I burn, Every night the dream's the same.

Every night I burn, screaming the animal scream
Every night I burn, dreaming the crow-black dream. yeah, yeah
Dreaming the crow-black dream...


domingo, 20 de noviembre de 2005

Don Chico que vuela -Eraclio Zepeda

Con eso de que fui a Letras del Mundo en Reynosa, pues tuve la oportunidad de conocer a este señor, que leyó este cuento. Y como comentario personalisimo diré que fuera de todos los escritores que he conocido, y que de algún modo me hacen a un lado por que no llego a sus "alturas" este señor se me hizo muy amable y accesible, fuera de todos los demás que leyeron. Aparte esto me ha servido para descubrir un poco más el cuento mexicano. Ya sin mas preambulos el cuento de hoy es:

DON CHICO QUE VUELA

Un cuento de Eraclio Zepeda


Te paras al borde del abismo y ves al pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ente tus ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas: adivinas los ires y venires de su gente, sus oficios, sus destinos. Sabes que en la línea recta está muy cerca. Si caminaras al aire, en un puente de hamaca, suspendido entre los cerros, podrías llegar como el pensamiento, en un instante.
Y sin embargo el camino real, el camino verdadero, te desploma hasta los pies del cerro, bajando por vericuetos difíciles, entre barrancas y cascadas, entre piedras y caídas, hasta llegar al fondo de la quebrada donde corre espumeando el gran caudal del río que debes cruzar a fuerza, para iniciar el asenso metro tras metro. Muchas horas después llegas cansado, lleno de sudor y lodo y volteas la cabeza para ver tu propio pueblo a distancia, como antes viste la plaza en la que estás ahora.
Ahí es donde le das la razón a don Pacífico Muñoz, don Chico, quien no soporta estas distancias que tú has caminado y dice que ir a pie es inútil y a caballo tontería, que para estas tierras volar es indispensable.
Hace años que le escuchaste los primeros proyectos de vuelo y contravuelo. Fue cuando sentado, como tú ahora, al borde del abismo viendo al otro pueblo, dijo dándose un manotazo en las rodillas.
- Si no es tanto lo encogido de estas tierras sino lo arrugado. Montañas y montañas acrecentando las distancias. Si a este estado lo plancharan le ganábamos a Chihuahua . . . ¡Y ya vuelto llano a caminar más rápido! Pero así como estamos, sólo vueltos pájaros para volar quisiéramos.
Y así fue como la locura del vuelo se le fue colocando entre oreja y oreja a don Chico, como un sombrero de ensueño.
Volar fue la única pasión que le impulsaba en el día, a otro día, a otro mes, para seguir viviendo un año y otro año más. Si no fuera por el ansia del vuelo habría muerto de tristeza desde hace mucho tiempo, como tú me comentaste el otro día.
Don Chico subía, tú lo viste muchas veces, al cerro más alto para contemplar las distantes montañas azules y perdidas entre el vaho que viene de la selva. Allí sentado en la piedra donde escribió su nombre, tú escuchaste muchas veces a don Chico:
- La tierra desde el aire está al alcance de la mano. Los caminos son más fáciles al vuelo. Qué cerca están los mercados y las plazas a ojo de pájaro. Los valles y los ríos y las cañadas y cañones, los campos sembrados, los ganados en potreros lejanos, las ciudades nuevas y las viejas construcciones perdidas en la selva y al fondo el mar.
Don Chico inventaba una prodigiosa geografía expuesta a los ojos en vuelo, ávidos ojos tratando de reconocer ranchos y rancherías, vados y ríos, caminos, pueblos, lagos y montañas vistas desde arriba, desde el sueño, desde el aire de un sueño.
Don Chico regresa al pueblo, con la boca seca, abrasada por la fiebre de la aventura que le espesa la lengua, le ves llegar a la plaza y tomar de la fuente agua con las manos, enjuagarse, refrescarse la cara y declarar muy serio:
- Señoras y señores, voy a volar . . .
Recordarás como todos subimos y bajamos la cabeza para decirle que sí, que como no, que claro don Chico que vuela, y por dentro sentiste la risa alborotando el pecho y la barriga y tú aguantándote.
Don Chico entró a su casa, cogió una gallina, la pesó minuciosamente, anotó la lectura de la báscula, midió la distancia que va de punta a punta de las alas, anotó eso también, acarició a la gallina y la regresó al corral.
Inventó un complicado cálculo para conocer la secreta relación existente entre el peso del animal y el tamaño de las alas que permite vencer la gravedad y levantar el vuelo.
Don Chico dudó un instante si era adecuado tomar una gallina para tal experimento. Una paloma de vuelo largo habría sido mejor. Pero en su corral no había palomas.
Habiendo encontrado al fórmula que explica la relación entre el peso de la gallina y el tamaño de sus alas, se pesó él mismo, anotó la lectura y, aplicando la fórmula descubierta, calculó el tamaño de las alas que habría de construirse para poder volar. Apuntó la cifra en su libreta, se frotó las manos y se fue al parque.
El problema era ahora el diseño de las alas. Pensó que el mejor material era el carrizo, ligero y fuerte. Se detuvo un momento para dibujar con un palito sobre la tierra el esquema de su estructura. Satisfecho lo borró con el pie izquierdo y grabado en la memoria lo llevó a su casa.
Para recubrir la estructura nada mejor que el tejido del petate, la dúctil alfombra de palma.
Una vez que hubo construido las alas, descubrió molesto que eran pesadas para sus fuerzas. Recordó la relación entre las alas y el peso de la gallina y no se atrevió a modificarla.
Se suscribió a una revista sueca donde aparecían lecciones de gimnasia y dedicó algunos años a esta dura disciplina. Satisfecho sintió cómo aumentaban sus bíceps, crecían sus tríceps, se endurecían sus músculos abdominales, se marcaban nítidamente los dorsales y una potencia sentía nacer don Chico desde el centro de su cuerpo.
En el año sexto de su experimento movía con destreza las alas. Con sus brazos aleteaba movimientos llenos de gracia, en un simulacro de vuelo, no de gallina torpe sino de agilísima paloma.
En el pueblo había un orgullo compartido. Don Chico prometió volar antes de las fiestas patrias y se le invitaba a los patios a simular el arte complejo del vuelo. Acudía siempre hasta que descubrió que tales convivios no eran nacidos de la admiración a su técnica sino tan sólo el interés de producir ventarrones en el patio que barrieran de hojas y basura todo el poso.
Unos días antes de las fiestas patrias alguien levantó la cabeza. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús el primero que lo vio. Lo que sí se sabe que al instante todo el pueblo levantó la cabeza y vimos a don Chico Arriba del campanario con las alas puestas, iniciando cauteloso el aleteo que habría de conducirlo a la gloria. Detenía a veces el movimiento. Se mojaba con saliva el dedo y comprobaba la dirección del viento, abría de par en par las alas y descansaba la cabeza sobre el hombro, semejante a nuestro viejo escudo nacional. De pronto reinició el aleteo, arresortó la pierna derecha contra el muro del campanario para tomar impulso, apuntó el pie izquierdo hacia El porvenir, que tal era el nombre de la cantina que está enfrente de la iglesia y se dispuso a iniciar la epopeya. Alguien le preguntó tocándole la punta del ala izquierda:
- ¿Va usted a volar, don Chico?
- Seguro, respondió.
- ¿Y . . . llegará lejos, don Chico?
- Lejísimo.
- ¿Y de altura, don Chico?
- Altísimo.
- ¿Al cielo llegará, don Chico?
- Al cielo mismo.
La cara de aquel que preguntaba se iluminó:
- Por vida suya, don Chico, llévele al cielo éste queso a mi mamá que se murió con el antojo.
Don Chico aceptó con ligereza el queso, buscando deshacerse del impertinente sin considerar el error que habría cometido. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús, el primero que hizo el encargo al otro mundo. Lo que sí se sabe es que al instante todo el pueblo subió al campanario y don Chico siguió aceptando quesos y chorizos, dulces y aguardiente, tostadas y jamones para llevar al cielo.
Cuando don Chico resorteó la pierna derecha, siguiendo la dirección al porvenir, abrió el espectáculo grandioso de sus alas. El pueblo escuchó el estruendo de carrizos rompiéndose y petates rasgándose en el aire y quesos rodando por la calle.
Cuando el silencio volvió, alguien dijo: - Lo mató el sobrepeso. Si no fuera por los encarguitos, don Chico vuela.

sábado, 5 de noviembre de 2005

Los dias del perro - Kit Reed

LOS DIAS DEL PERRO - KIT REED

Aquella tarde, cuando Norton Enfield volvía a casa por el parque, estaba contento y pesaroso por no tener consigo a «Dirk». Mientras lo tuviese escondido en su casa, «Dirk» estaba a salvo, igual que todo lo del apartamento. Además, Enfield nunca se sentía cómodo con el; «Dirk» se movía con gracia aterciopelada, sin que apenas bastase la mano de Enfield para sujetar su correa. El joven tenía que reconocer que se sentía más a gusto enfrentado a fotógrafos, desviados y otros diversos peligros, que bajo la vigilante mirada amarillenta del perro. Siempre se había sentido inquieto ante el aura de poder comprimido del Doberman, sus colmillos rutilantes, y los músculos tensos y acerados bajo el reluciente pelaje. «Dirk», cuando él y Myrna hablaban, les contemplaba paseando la mirada del uno al otro, y Enfield, más de una vez, había llevado a su esposa a la cocina, a fin de poder conversar con ella a solas. No podía ahuyentar la sensación de que el perro comprendía y desaprobaba cuanto él decía. Sin embargo, con «Dirk» a su lado, Enfield no habría perdido su cartera, ningún canalla se habría atrevido a atacarle y, ciertamente, nadie le habría vapuleado; al contrario, Enfield habría experimentado el placer de ver cómo «Dirk» desgarraba las gargantas de sus agresores antes de que pudieran gritar pidiendo auxilio.

Había dejado a «Dirk» en casa porque Myrna insistió en ello: las brigadas de contaminación empezaban a ampliar sus búsquedas y sus misiones de destrucción, y emboscados detrás de cada arbusto había vigilantes civiles con redes y automáticas bien cargadas. Al salir del apartamento, le pasó por la mente que, si perdía a «Dirk», él y Myrna estarían ya completamente solos, pero Myrna había dicho simplemente:

—No te llevarás a «Dirk», no; al menos, tal como están las cosas.

Y el perro enseñó los dientes, empezando a gruñir.

«Dirk» era el perro de Myrna, realmente; lo había llevado a casa después de que la habían atracado en el ascensor por cuarta vez en una semana. Enfield volvió del trabajo, y la encontró en la salita con un cachorro de patas delgadas que no correteó ni saltó como suelen hacer los cachorros, sino que levantó la cabeza como un caballo de carreras y le miró con un ojo bordeado de blanco.

—¿Qué es esto?

—Mi protección.

Myrna estaba acurrucada en el suelo, junto al perro, mirándole a través de una mata de pelo obscuro, muy brillante.

—¿Verdad que es adorable?.

La cabeza del perro tenía forma de diamante, como la de una serpiente, y dirigió a Enfield una mirada madura, de cálculo.

—¿Cómo se llama? —inquirió Enfield.

Myrna, que siempre había llamado Norty a Enfield, y se burlaba de él por no tener un nombre cortante como una daga, repuso:

—«Dirk». Es muy cariñoso, y es tan hermoso como un chiquillo. «Dirk Storm».

—Bien, supongo que vas a posponerlo al bebé.

—Por algún tiempo.

Graciosamente, la joven ladeó la cabeza, que era tan sedosa como la del cachorro.

—Bien, habrá que adiestrarlo.

De modo que el perro, desde el principio, fue de Myrna y vigilaba todos los movimientos de Enfield con gran celo, tensándose sobre sus patas traseras cuando éste pretendía abrazar a su esposa, y gruñendo roncamente cuando Enfield levantaba la voz.

Más de una vez, el joven se despertó sobresaltado, casi seguro de haber escuchado una respiración dentro de la habitación, y no había podido abrazar a su esposa en la cama sin pensar en el perro. Aunque «Dirk» estaba encerrado en la cocina, Enfield no lograba librarse de la vívida imagen del perro erguido en el tocador, dispuesto a abalanzarse al más ligero movimiento de Enfield hacia Myrna. Aunque «Dirk» le había salvado de que le robaran más de una vez y había atacado a un ladrón en el vestíbulo, salvándole de esta manera la vida, Enfield siempre lo consideraba con emociones encontradas. Precisamente con estas mismas emociones, había visto a los celosos vigilantes entrar en acción, por lo que pudo compartir el pesar de Myrna cuando el alcalde eligió su espectáculo nocturno musical del domingo para anunciar la creación de lo que, eufemísticamente, llamó la brigada anticontaminación.

—¡Es un asesino! —gimió Myrna, echándose a llorar—. Es como en los campos de concentración.

—Los perros ensucian las aceras, Myrna. Nos hundimos hasta las rodillas en sus excrementos y, además, ellos despedazan a los chiquillos en las calles.

—Sus madres deberían tener más cuidado.

—Temo que este asunto haya ido ya demasiado lejos —replicó Enfield, y añadió—: Y ha escapado a nuestro control.

Así, cuando aquella tarde llegó a su casa por el parque, pudo oír el distante sonido de unos disparos y unos gritos de dolor, alaridos y gruñidos, y, más cerca, un búho que dejó oír su ulular en medio de los otros rumores, entremezclándose a los demás en su incalculable dolor. Cuando dobló la última esquina, Enfield tropezó con el origen de todo eso: una vieja dama con la nariz levantada y la garganta hinchada por la angustia, inclinada sobre el cadáver de un pequinés.

—Nunca ladraba —gimió cuando él trató de calmarla—. Nunca mordió a nadie ni apenas molestó, al menos que yo sepa, y siempre tuve mucho cuidado de él. Y cuando se ensuciaba, yo lo recogía con mi palita de plata, me lo llevaba a casa y lo tiraba por el retrete... y... oh, oh, oh... —sollozó, acabando por articular un gemido ronco.

—Estoy seguro de que significaba mucho para usted, señora —manifestó Enfield, que habría hecho cualquier cosa para que aquella dama dejara de sollozar—. Tal vez hubiera usted podido disecarlo.

—¡Disecarlo! —chilló la dama—. ¡Disecarlo!

Enfield se marchó precipitadamente, ya que la mujer se había vuelto hacia él con la sana intención de destrozarle.

En la avenida, otro dueño de un perro, muy alterado, luchaba por salvar su vida; la brigada de anticontaminación había atrapado a su animal y una manada de perros salvajes se había precipitado sobre su cadáver. Ahora ya habían terminado con él y estaban atacando al dueño, sedientos aún de sangre. Enfield miró a su alrededor en busca de un bastón u otro objeto contundente, pero no había nada.

—¡Póngase a salvo! —le gritó el otro, desapareciendo entre un torbellino de colmillos y garras.

Enfield miró otra vez en busca de la brigada anticontaminación, pensando que quizá ellos podrían hacer algo, pero debían de haberse metido ya en su camioneta tan pronto como concluyeron su trabajo. Al fin y al cabo, era más seguro perseguir a los perros sujetos por correas que correr tras los perros salvajes que se ocultaban en el parque. Era más fácil seguir la ley al pie de la letra y caer sobre el chucho bien educado de una casa de postín o sobre el grueso perro de aguas que sigue sumisamente la correa. Casi todos los dueños de perros los tenían dentro de sus casas, o los sacaban sólo de noche, intentando esquivar la brigada que patrullaba las veinticuatro horas del día. Cuando la brigada se abatía sobre un animal para cumplir su deber, el propietario de aquél contemplaba ensimismado el collar vacío, y la correa colgante, murmurando:

—¡Si el pobrecito gimió y suplicó hasta que no tuve más remedio que sacarlo!

Los que poseían más fuerza de carácter habían ya liberado a sus perros, esperando que sobreviviesen en el parque. Podían acudir a una cita nocturna ocasional y, con suerte, los dueños conseguían cruzar algunas palabras amables con el amado perrito, antes de que volviese a huir, perseguido por la manada de colegas salvajes. Enfield se preguntó si a «Dirk» le gustaría citarse con Myrna en el parque, pero ya tenía la respuesta: a veces, parecía como si ellos estuviesen al servicio del perro, y no éste al suyo.

A sus espaldas oyó gruñidos y ruidos más siniestros aún. Era la época en que un perro se zampaba a otro, era verdad, y Enfield huyó por la avenida.

La marcha le resultó pesada; el tráfico no avanzaba desde varias semanas antes, lo que significaba tener que saltar por encima de los «Volkswagen» mohosos, y de los taxis arrimados uno al otro. Los autos abandonados ocupaban tanto espacio que los perros estaban como aprisionados en las aceras, y por entonces éstas se hallaban llenas de basura, desperdicios y excrementos, con alguna carcasa que mostraba huellas de galantería o carnicería, según. Desde el anuncio del alcalde, sanidad se había dedicado al exterminio, y no parecía poder solucionar el problema. El programa se hallaba en su quinta semana y el maldito asunto no había mejorado, sino empeorado. Los perros vagabundos habían aumentado y, además, varios seres humanos habían tomado las aceras como lavabos, formando parte de un movimiento radical destinado a demostrar algo ignorado.

Tal vez debido a la falta de éxito, las brigadas de anticontaminación se tornaban cada vez más rudas y crueles; habían empezado ya a trabajar en los portales de los edificios, sobornando a los porteros para que les dijeran cuántos perros habitaban en ellos y cuándo solían sus dueños sacarlos fuera.

Ante la insistencia de Myrna, Enfield mantuvo a «Dirk» dentro del apartamento desde el principio. Myrna creía, por lo visto, que fuera de vista significaba también fuera de pensamiento, y había hecho cuanto pudo para ejercitar al perro dentro del apartamento, enseñándole a saltar sobre la mesita del café a rebotar contra la puerta y luego a dar otro salto. Cuando Enfield contemplaba a «Dirk» con expresión de duda la joven se ponía a la defensiva, y determinó enseñarle a «Dirk» a ir al lavabo. Enfield supuso que esta crisis terminaría como habían terminado otras, pero no le gustaba la expresión que ofrecía el perro, como si estuviese enterado de la amenaza exterior, ni le gustaba su aguzado nerviosismo ni la forma inquieta en que se paseaba, al no poder bajar al parque. El perro, decidió Enfield, estaba a punto de estallar, y a su regreso al hogar aquella tarde, el joven decidió también que aprovecharía el momento adecuado y pondría un poco de veneno en el plato del chucho; el veneno lo llevaba ya en el bolsillo. Myrna nada sabría, y a pesar de su subsiguiente vulnerabilidad a los ladrones y atracadores, estaba convencido de que todo saldría bien.

Myrna le recibió en la puerta..

—¿Te has enterado?

—¿De qué?

—Ya no atrapan a los perros en las calles. Los buscan de puerta en puerta.

Enfield miró hacia «Dirk»; el perro se hallaba encaramado a su silla favorita, contemplándole con una mirada tan salvaje, que Enfield balbució:

—Bien vamos a...

Su mujer le colocó un dedo en los labios.

—Chist..., lo entiende.

Enfield dedicó al perro una aguda mirada; «Dirk» se Iamía las costillas. Enfield empezó a deletrear:

—TENDREMOS QUE DEJAR QUE LO ATRAPEN.

Myrna le dirigió una mirada cargada de desesperación.

—¡Nunca nos dejará que...!

El perro volvió la cabeza a su alrededor.

—Chist... —pidió Enfield.

—No podemos permitir que lo cojan —exclamó Myrna, en tono demasiado alto—. ¿Lo has oído, «Dirk»? Nunca permitiremos que te atrapen... —su voz se convirtió en un susurro—. Ahora están en el edificio.

—Entonces, lo cogerán más pronto o más tarde —murmuró Enfield. Tenía la extraña sensación de que el perro sabía que él llevaba veneno en el bolsillo—. Y si vienen, NOSOTROS LES DEJAREMOS...

—¡No! —ella sacudió la cabeza—. He pensado algo mejor.

El perro saltó de la silla y se situó al lado de su cama.

Los tres pegaron un brinco cuando oyeron una fuerte llamada a la puerta.

—Son ellos —susurró Enfield. Luego—: ¿Qué es esto?

Myrna había cogido un objeto peludo de una silla.

—Tu disfraz.

—Estás bromeando...

La llamada a la puerta se había convertido en empujones. Otro minuto, y derribarían el obstáculo.

Myrna trasladó la mirada desde su marido al perro, y éste gruñó.

—No, no bromeo, Norty. Se trata de elegir entre él o tú.

—¡Pero yo soy tu esposo!

Enfield vio, alarmado, que había un batín suyo encima del diván, junto con un pañuelo y una toalla para envolver la cabeza.

—Cariño, tú no puedes...

El perro se dispuso a saltar.

—Lo siento, «Dirk» no me deja otra elección.

La puerta estaba cediendo. Myrna cogió el disfraz de perro, con decisión inexorable.

—Será mejor que te lo pongas sin rechistar.