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domingo, 24 de julio de 2011

Un cuentito que me encontré por ahí ociosando en internet

No tiene título, los créditos le pertenecen al blog de Lisandra Ramírez Carrillo:

Un día decidió no moverse más, quedarse acostado no sonaba mal, al menos era mucho mejor que levantarse, bañarse, ir al trabajo, pasar las tardes viendo la luz desvanecerse junto al sonido de la tele. Hacía tiempo que la comida tenía un cierto gusto a cartón (cosa de los transgénicos seguramente), así que no la extranaría mucho; pero al agua, al agua sí... habría que hacerse de una gran pila de agua y una manguera antes de comenzar con la gran empresa...
Al día siguiente faltó a su trabajo, no contestó el teléfono - no dejo de sonar hasta las diez de la mañana cuando su jefe se aceptó tristemente que no tendría más remedio que hacer lo que oficialmente no le correspondía.
10:30, se levantó animoso, ¿porqué no? era la última vez que se exigiría tan penosa faena; es más, hasta sintió un leve placer al tocar el piso con los pies descalzos. El baño lo postergó para la noche, después de todo, había que procurar algo de higiene para su descanso.
En el mercado se encontró dicharachero y sonriente - la señora de la jarciería pensó que estaba borracho-. Se preparó una última cena, sus platillos favoritos, pero igual la comida no coolaboró y tuvo que tirarla prácticamente sin tocarla, no importaba, de cualquier forma no tenía hambre como desde hacía varios meses, de hecho le alegró mucho pensar que esa sería la última vez que tendría que sentir comida en su boca.
Antes de acostarse tomó un largo baño con agua caliente, llamó al par de amigos que aún conservaba, besó una foto de su madre y tras disponer su fuente de agua se fue a la cama.
Lamentó no sentir un último abrazo, no poder hacer el amor, no volver a leer un buen libro (se consoló pensando en lo mucho que hacía desde la última vez que logró concentrarse con algo); también lamentó todos sus sueños perdidos, pero bueno ahora tendría muchos otros, de eso se trataba todo ¿no?
Escuchó el silencio, sintió la paz que tanto había buscado y cerró los ojos.

____________ ______________

Le encontrarón un año después, las constantes quejas de la vecina de arriba convencieron a la casera de abrir el departamento, decía que su piso estaba lleno de humedad y habían empezado a brotar retoños de una hierba en su alfombra, aseguraba que era cosa del diablo "ya ve como es ese muchacho, si yo siempre supe que era raro, seguro está cosechando marihuana o algo". Tanto habló de ello que todos los vecinos se reunieron para averiguar que pasaba - alguno que otro quería ver si había manera de robarse algún retoñito de su planta-.
Seguía acostado en su cama con una gran sonrisa, de la pila de agua salía una enorme enredadera que cubría todo el cuarto y desprendía un fresco olor a menta.

lunes, 28 de marzo de 2011

Edward Jesby - Algas

Este cuento lo leí como a los 12 años, fue cuando dije "si alguien escribe tan bien yo puedo hacerlo" y sigo tratando, pero aún así este cuento me sigue gustando como la primera vez que lo leí. Hacía tiempo que no subía cuentos, disfrútenlo y agarren las gotas para los ojos porque está larguito pero chido

Edward Jesby - Algas

Hace años que Cousteau predijo la aparición del hombre-pez, dotado de branquias y adaptado para vivir en las profundidades oceánicas.
Este relato, cuya mayor fascinación reside en el aire de extrañeza e inaprehensible lejanía que lo envuelve, describe el futuro enfrenamiento en­tre estos hipotéticos hombres-pez y la mórbida, decadente y clasista civilización terrestre, en un escenario en el que coexisten la tecnología avan­zada y las más ancestrales supersticiones.
Ante el siniestro ritual entre la hechicera y el hombre-pez, el lector iniciado no podrá evitar de­dicar un obscuro pensamiento a los profundos de Lovecraft. Aunque esta vez, por fortuna, el tema ha sido tratado con un enfoque totalmente distin­to, por no decir opuesto.


Greta Hijukawa-Rosen, sentada en la arena, obser­vaba cómo su compañero maniobraba el aircraft sobre las aguas del Mediterráneo. Estaba de pie sobre la redu­cida plataforma circular, tan sólo a unos centímetros de las crestas de las olas levantadas por el viento, man­teniendo el equilibrio con suaves movimientos de piernas. La embarcación, normalmente, era teledirigida des­de la antena situada en lo alto de la mansión, pero en aquel momento la pilotaba el hombre.
«Viterrible», pensó Greta estirándose para que sus pequeños senos recibieran el calor del Sol. Rió entre dientes, preguntándose qué pensarían sus hermanas de haberla oído usar una palabra comercial; se encogió de hombros y observó su bronceada piel, comparándola con la de su compañero, tan obscura. La piel de Abuwolowo era color humus.
–Tan obscura como el color de las hojas enmohecidas –dijo en voz alta, mientras se incorporaba para ver cómo Abuwolowo elevaba la nave hasta el máximo de seis o siete metros que ésta permitía.
La silueta de la embarcación fue empequeñeciendo con rapidez a medida que se alzaba dando pequeños bandazos, parecidos a los que dan las gaviotas que sobrevuelan el Mediterráneo. Greta pensaba que última­mente no era emocionante, pues no existía peligro. Te­nía un sistema de control a distancia ajustado a su cinturón salvavidas y, caso de caer al agua, la nave acudiría en su ayuda y la rescataría.
Ahora estaba muy lejos y lo único visible, por enci­ma del oleaje, era su negra y oscilante cabeza.
–Supongo que debería experimentar alguna sensa­ción de pérdida.
Había desdén en su voz, desdén nacido de la lectura de unos voluminosos libros publicados a raíz de un se­minario sobre este sentimiento, y que fue difundido por televisión. Aquello era todo lo que sabía de esta faceta humana. De súbito, contuvo la respiración al ver la cabeza casi en la orilla del agua.
Buscando desesperadamente sus lentes, gritó, inte­rrogante:
–¿Abuwolowo?
Pero la cabeza era blanca, y no por el mero hecho de no estar tostada por el Sol. Tenía un tinte blanco artificial, como el de las estatuas de mármol del jar­dín de la residencia de verano. Para su horror, el resto de la aparición surgió de las poco profundas aguas. Recortándose sobre el fondo azul del mar, se erguía una silueta negra, que hacía resaltar aún más su cabeza tan extraordinariamente blanca. Se tamba­leaba en sus intentos por sacar las piernas del agua. Cuando lo consiguió, Greta vio que llevaba calzados los pies de pato y corrió a ayudarle.
Apoyando una mano en uno de sus grandes brazos, le preguntó:
–¿Está usted bien?
El hombre asintió con un movimiento de cabeza, apoyándose ligeramente en la joven. Ella suspiró ali­viada, ya que no habría podido aguantar el peso de aquel cuerpo que era unos treinta centímetros más alto que ella, que medía un metro ochenta y ocho centíme­tros, y cuyos hombros eran aún más anchos que los de Abuwolowo.
Con los pies firmemente asentados en la arena, el hombre hizo un movimiento brusco y se libró de la funda de caucho que protegía parte de su cabeza. Alzó los ojos al cielo, unos ojos negros que ocupaban unas grandes órbitas, y observó:
–Brillante.
Luego bajó los ojos, y, después de respirar entre­cortadamente durante breves momentos, agradeció a la joven la ayuda que le había prestado. Hizo una pausa, después de la cual, señalando la axila, explicó:
–Me ha mordido un tiburón.
Recobrada la respiración, resultaba mucho más fácil entenderle. El líquido murmullo de sus primeras pala­bras había desaparecido. La miró.
–Es usted bonita, y merece una explicación. Un tibu­rón me arrastró al fondo. Algo debió de asustarle en la superficie y se sumergió.
–¿Un tiburón? –preguntó ella, queriendo escuchar de nuevo aquella extraña y suave cadencia de la voz que emergía de la redonda cabeza con grandes ojos.
–Sí, un gran tiburón –aclaró–. Estaba en la super­ficie tomando el Sol y, de pronto, se sumergió. No me dio tiempo de ponerme fuera de su alcance.
Cayó hacia delante, sobre sus rodillas. Su respiración era normal, pero la joven vio que un chorro de sangre se deslizaba por sus muslos.
–Perdóneme –rogó él, al proferir la joven un pe­queño grito de angustia.
La herida cruzaba su espalda en diagonal, desde la axila del brazo izquierdo hasta la cadera del lado derecho. El traje de caucho, cortado por los dientes del escualo, se había arrollado, provo­cando la separación de los labios de la herida. La joven intentó levantarlo, pero resultaba demasiado pesado para sus fuerzas. Lo único que consiguió fue que cayera boca abajo cuan largo era. Forcejeó, tirando de su grue­so brazo e intentando volverle boca arriba, sin conse­guirlo. A pesar de estar tendido y no ofrecer resistencia alguna, continuaba siendo extraordinariamente pesado.
De un salto se apartó de él y dirigió sus ojos hacia el mar.
Abuwolowo estaba aproximándose a la playa. Al ver­le, la joven agitó los brazos y se puso a gritar, dando saltos para llamar su atención, hasta que la nave atracó en la playa.
–Hay un hombre herido –explicó, volviéndole la espalda hasta que cesaron las nubes de arena levan­tadas por los chorros de aire que emitía el vehículo.
–¿Un hombre? –preguntó Abuwolowo, echando una ojeada al cuerpo inmóvil–. Debe de pesar tanto como una ballena. No podría con él; subiré a la casa y pediré ayuda.
Se alejó corriendo a grandes zancadas hasta llegar al ascensor del farallón. A Greta le pareció que hacer gala de tal velocidad constituía una violación de las facultades humanas. Permaneció inmóvil, admirando aquella agilidad, fascinada por el profundo respirar de Abuwolowo. Fáciles inhalaciones se traducían en olea­das que empezaban en el pecho y tenían su final en el diafragma, a un ritmo tal que parecía que no iban a tener fin: iniciaba la inspiración cuando aún no había concluido la anterior expulsión de aire.
Esperó en silencio, guardando para sí su chachara habitual, reprimiéndose ante aquellos cabellos color paja, cuyo único signo de vida era el leve temblor de las delicadas aletas de la nariz. Al poco rato –a ella le parecieron escasos segundos– regresó Abuwolowo con cuatro criados, hombres fuertes y achaparrados, procedentes todos ellos de las vecinas islas del Egeo.
Resoplando bajo el peso de aquel cuerpo que les doblaba las piernas, medio acarrearon, medio arrastra­ron al hombre herido hasta el ascensor, en el interior del cual intentaron acomodarle, según las instrucciones de Abuwolowo; éste se encaramó por encima del cuerpo y, sujetándose a las paredes del camarín, trepó has­ta situarse por encima de él. Oprimió el botón con un fuerte dedo, cerráronse las puertas y empezaron la as­censión.

Greta se había arreglado para la cena con más es­mero que de costumbre. Mientras estaba descendiendo por la gran rampa que conducía al amplio salón de entrada, oyó como su cuñado hablaba con algunos de los invitados. Se detuvo divertida. No estaba hablando, en realidad, sino conferenciando, en un tono que su acento kirguís hacía aún más didáctico de lo que pre­tendía.
–Es asombroso –estaba diciendo– el poder de re­cuperación que tiene. Le sacamos del camión de la co­cina, le tendimos sobre el sofá más largo de la sala de recepciones y, acto seguido, se sentó. Me sonrió y se desperezó –el cuñado de Greta hizo una pausa, como para rehacerse de su asombro, al tiempo que clavaba los ojos en todo aquel que pareciese querer interrum­pirle–. Como iba diciendo –continuó en mesurados pá­rrafos–, se desperezó...
Greta no pudo resistir la tentación y aprovechó la oportunidad. Se deslizó con ligereza por la rampa y se plantó ante su cuñado.
–Se desperezó, y luego ¿qué?
Hauptman-Everetsky le ofreció la limitada cortesía de su helada sonrisa.
–Al estirarse, su traje de buceo se abrió y se des­prendió de su cuerpo como si de la piel de un plátano se tratase. Después de palparse debajo de los brazos, donde tiene las hendiduras branquiales, abandonó el sofá. Ignorándome, dio una vuelta por la habitación y vi, con asombro, que la herida estaba ya curada. En su lugar había sólo una delgada línea.
Greta abandonó la reunión sin esperar a que su cuñado repitiera lo ya dicho, cosa inevitable en él. Cruzó el arco que daba acceso al salón de recepciones, total­mente aislado, a pesar de la pequeña deficiencia exis­tente en la cortina presurizada, la cual hizo que una corriente de aire levantara los bajos de su larga falda.
De pie frente al cristal panorámico, el hombre-pez contemplaba el lento discurrir de las vistas correspon­dientes a las islas vecinas, vistas que eran ampliadas o reducidas según estuviera programado en la compu­tadora. En aquel preciso instante aparecían las luces de los rascacielos de Salónica.
El hombre-pez estaba absorto, pero su primo Rolf, curioso como de costumbre, no cesaba de inquirir. Em­pequeñecido por la figura próxima a él, disparaba las preguntas en su excitado y alto tono americano.
La que ella oyó al acercarse fue:
–¿Y ha recorrido semejante distancia? –la voz de Rolf no denotaba incredulidad, sino placer, así como su infantil amor ante la aventura.
–Por supuesto –respondió el gigantesco hombre–, ya se lo he dicho. Vine desde Stavangafjiord, siguiendo una corriente terrestre. Tenía la esperanza de aprender algo acerca del comportamiento de las platijas, pero al final desistí, pues me pareció una locura; así fue como, bordeando la costa, llegué hasta aquí –devolvió su atención al cristal a tiempo de observar un artístico aspecto de la ciudad que estaba siendo ampliado enor­memente–. Y –dijo, volviéndose cortés a su interlocu­tor– los delfines me contaron, a su regreso de Normandía, que aquí las aguas eran cálidas, y las mujeres –hizo una pausa al notar la presencia de Greta– her­mosas, de rubios cabellos y cuerpo bronceado.
–Es usted muy amable –intervino Greta sonrien­do–. Aún no sé su nombre.
–Gunnar Bjornstrom-Cousteau, del territorio de Walshavn –contestó con una inclinación.
Al hacerlo, Greta pensó que tenía un curioso aspecto vestido de noche. La corta chaqueta abierta, que apenas alcanzaba a cubrirle el torso, dejaba al descubierto un pecho casi rectangular, de suave y fláccida carne y sin musculatura aparente, que le hizo recordar los colgajos de grasa que la herida dejó expuestos. Se estremeció y, al notarlo, Gunnar inquirió:
–¿Le molesta mi cara? –por primera vez notó que su cara estaba despellejada y que unos surcos de vio­lento color rojo discurrían por debajo de su barbilla–. No fui muy prudente al emprender tan largo viaje sin antes exponer mi piel a la luz de las lámparas. Pero entonces no tenía intención de estar en contacto con el aire; además, no estoy acostumbrado a la luz directa del Sol.
–¿El aire?
Rolf se iba a disparar de nuevo, pero Greta le paró los pies.
–La cena ya debe de estar servida. ¿Me acompaña? –preguntó, cogiéndose del brazo del forastero.
Rolf les siguió, pegado a sus espaldas, moviendo la cabeza con aire perplejo y brincando a menudo para tratar de alcanzar la estatura del gigantesco hombre-pez, hasta entrar en el comedor. Este se hallaba en la parte más alta de la mansión, y estaba abierto a los cuatro vientos, aunque protegido de la intemperie por campos estáticos polarizados, lógicamente invisibles, que producían un singular acercamiento de los astros.
–A este pez –Hauptman-Everetsky había pasado del asombrado temor a la condescendencia, al contestar a las preguntas de alguien– no pude echarlo al agua, como hubiera hecho con una trucha demasiado pequeña –gesticuló–, y ya va siendo hora de que nos divir­tamos un poco. Empezamos a aburrirnos los unos a los otros.
Greta percibió el envaramiento de Gunnar y se cogió a su brazo con más fuerza. Este se inclinó hacia ella y dijo:
–No tema, no caeré. Hacía largo tiempo que no ca­minaba. Debo acostumbrarme a prescindir del amistoso apoyo del agua.
Greta notó el énfasis que puso en la palabra «amis­toso», y recordaba que una de las pocas cosas que sabía de los habitantes de las profundidades marinas era que habían vuelto a adoptar el duelo. En los infinitos ámbi­tos marinos resultaba difícil mantener la observancia de las leyes; los encuentros con las orcas y los tibu­rones eran comunes, y duras las lecciones que estas ex­periencias enseñaban.
Su compañero sonrió a Everetsky y a sus acompa­ñantes, al tiempo que estrechaba sus manos con fuerza y cumplimentaba a las mujeres.
–Al menos no me aburriré –dijo, dirigiendo su mi­rada al pintado pecho de su hermana Margreta.
Greta, aliviada, tomó de nuevo su brazo, y se sintió contenta de haber elegido aquel vestido azul que única­mente le dejaba al descubierto las manos y la cara.
–¿Nos sentamos ya, Carl? –preguntó a Everetsky, que se apartó dejando expedito el camino a la mesa.
Este colocó a Gunnar a su derecha y a Greta a su izquierda.
Al principio, la cena se desarrolló con bastante pla­cidez, centrándose la conversación en los presupuestos gubernamentales y en la futilidad de invertir dinero en las minas lunares. Todos los que procedían de las ricas estepas y regiones montañosas de Rusia expusieron lo que, a su juicio, estaba haciendo falta en sus latitudes: «padrinos» que proporcionaran recomendaciones, intermediarios por medio dé los cuales poder presentar que­jas y falsas denuncias por corrupción...
Mientras Rolf daba fin a un relato acerca de un fun­cionario sobornado que rehuyó cumplir con sus debe­res, reparó en la esférica cabeza de Gunnar, que se des­tacaba del grupo de morenos invitados de prominentes barbillas.
–...era un tipo despreciable como hay pocos –con­cluyó–. Pero, mi querido hombre-pez, ¿comprende algo de todo esto?
–Yo –rió Bjornstrom-Cousteau– no comprendo es­tos problemas, pero, aunque de otro tipo, también noso­tros tenemos con nuestro gobierno –parecía apreciar a Rolf, pero se dirigía a su anfitrión–. Sin embargo, resultan difíciles de explicar.
–Supongo que así es –repuso Abuwolowo–, pero, de todos modos, le ruego que nos los cuente.
Gunnar se encogió de hombros, haciendo temblar la maciza mesa al montar una pierna sobre la otra.
–Quieren que se cultive más y se cace menos.
–¿Por qué no? –desafió Abuwolowo–. En el pasa­do, también mi pueblo tuvo que amoldarse a los cam­bios. Aprendieron a cultivar la tierra y a trabajar en fábricas.
–Sí –permaneció en silencio unos segundos–. Ima­gino que tendremos que hacerlo algún día, pero como cantó el poeta Hagar...
–¡Poetas! –Abuwolowo abandonó la mesa–. Está­bamos hablando de gobiernos.
–Hagar dijo –Gunnar continuó imperturbable, como las mareas, citando complacido unos versos–:

El mar se altera con nuestro padecer;
no puede conseguir que los hombres
piensen libremente en la superficie.

–reci­taba cuadrando los hombros, mostrando aún más su pálida carne–

Porque nosotros escogimos las profun­didades,
no su cómodo y alejado otero.
–y se interrumpió para contemplar la obscura noche con la mirada sin fondo de sus grandes y dilatadas pupilas.
Rolf, siempre jovial, se frotó las manos olfateando el próximo plato.
–¡Ah! ¡Venado doméstico! –exclamó cambiando de tema, evitando de este modo el seguro ex abrupto de Abuwolowo, que volvía a ocupar en aquel momento su lugar a la mesa–. Sin embargo, nuestro nuevo invitado no parece estar disfrutando mucho de la cena, aunque el cocinero de nuestro anfitrión es excelente.
–Los alimentos están cocidos –repuso Gunnar, como si con esta aseveración quedase todo explicado.
Y así debió de ser, porque, cuando vio la expresión de Hauptman-Everetsky, se levantó de la mesa excu­sándose.
–No me he recuperado aún de mis heridas. Les ruego que me disculpen.
Lo último fue una afirmación, no un ruego; acto se­guido se retiró, con un cansado y lento renqueo. Su fuerte cuerpo parecía abatido por el empuje de la gravedad.

Llegó el nuevo día y lo primero que hizo Greta fue correr en busca de Gunnar. La noche anterior abandonó la mesa muy temprano, dirigiéndose a su habitación; pero Abuwolowo, que reparó en su maniobra, la alcanzó y marchó con ella. Ahora Greta buscaba por los jardi­nes, cruzando las distintas zonas climáticas. Le halló en el sector subtropical, erguido ante una planta de caucho rojo de grandes dimensiones, casi un árbol. Es­taba observando una de sus hojas, que sostenía con las yemas de sus dedos, con los labios ligeramente entre­abiertos.
–Parece carne. Carne de ballena –dijo sonriendo ante la imagen de Greta, que se acercaba por el sendero alfombrado con agujas de cedro, entre muros de ver­dor–. Está usted muy bonita esta mañana.
–Y usted parece un chiquillo, con esta hoja entre los dedos y la boca abierta, como si estuviera a punto de comerla.
–Parece realmente comestible –afirmó apretando una vez más la hoja, de la que manaron unas gotas de jugo que Gunnar se apresuró a lamer.
Una mueca se dibujó en su cara y Greta rió diver­tida al ver las suaves arrugas que invadían su rostro.
–Bueno, es muy amargo –se defendió, y cogiéndola por los costados la alzó hasta las primeras ramas–. Muerda y verá.
Greta hincó repetidas veces los dientes en las hojas, aparentando un cómico agrado. Satisfecho, la depositó en el suelo, mientras ella se frotaba las costillas. Le contempló, admirada por su corpulencia, y luego adoptó un tono de seriedad.
–Esta mañana he estado leyendo algunas cosas so­bre usted –declaró, mirándole de arriba abajo con in­tensidad.
–Así que me he vuelto famoso.
–Oh, no –repuso ella–, en la enciclopedia. Dice que es usted un Homo aquati...
–Homo aquaticus, una de las viejas palabras –tocó uno de sus desnudos hombros–, y una de las mejores.
–Eso es –asintió, ensayando la pronunciación–, Homo aquaticus. Hace largo tiempo, un hombre llamado Cousteau afirmó que ustedes existirían algún día.
–Cousteau...
–Sí –afirmó Greta, alterando la pronunciación–, Cousteau. ¿Un pariente?
–Murió, y mi apellido se pronuncia del modo en que lo hizo la primera vez.
–No importa. Ahora le mostraré los jardines –dijo tomándole el brazo.
Empezó charlando de los distintos arbustos que sa­lían a su paso, pero pronto se dio cuenta de lo poco que dominaba la materia. Él era parco en palabras por naturaleza, de modo que calló y dejó vagar sus pensa­mientos. Estos se centraron en lo que había leído en la enciclopedia. Por lo visto, las primeras colonias de hombres-pez se habían establecido en el Mediterráneo. Las aguas templadas eran ideales para ellos, y los repen­tinos temporales que se originaban en el noroeste no se dejaban sentir a veinte metros de profundidad. Las colonias submarinas se dedicaban a la cría de maris­cos, cultivaban algas y frutos y cazaban ballenas peque­ñas con armas sencillas.
Había leído muy de prisa, pasando velozmente sus ojos sobre las páginas, en sus prisas por correr al en­cuentro de Gunnar; pero, mujer al fin, recordaba per­fectamente algunos detalles acerca de cómo tenían lugar los nacimientos en el fondo del mar. Los niños nacían bajo la presión en la que siempre habrían de vivir, equipados con branquias que les permitían tomar el oxígeno del agua, y sujetos a quimioterapias que les preparaban para la vida adulta.
–Pero ¿por qué viven en los fríos mares del Norte? –inquirió de pronto la joven.
La pregunta era fiel reflejo y consecuencia de sus pensamientos; no obstante, Gunnar pareció compren­der su sentido al segundo.
–Porque en los mares templados viven demasiados sujetos de nuestra especie –contestó–. Mi bisabuelo intuyó que las profundidades se estaban poblando demasiado, que la vida se volvería difícil. Por eso nos marchamos.
Orientó su cabeza en dirección al mar, aspirando la brisa, de modo que ofrecía a Greta la visión de su cuello formando pliegues como los de las focas, y añadió:
–En la actualidad, ya no podríamos vivir aquí. Nues­tros cuerpos se han modificado y hemos aprendido a amar la caza.
–Pero ha venido a las aguas de esta isla –repuso ella.
–Vine sólo por un corto período de caza. Pronto regresaré.
La conversación fue interrumpida por la curiosa ac­titud de los jardineros, que, con los ojos como platos, sorteaban los arbustos para evitar su encuentro. Se ha­cían señas entre sí. Eran conocedores de los conflictos existentes entre los habitantes de las profundidades y ellos, los pobladores de la superficie. Del mismo modo que los servidores prestaban atención a las conversa­ciones políticas de los amos, las jóvenes de buena fa­milia no se interesaban lo más mínimo por ellas.
Los jardineros habían recogido rumores del perso­nal de la mansión de los que se desprendía que el Go­bierno mundial, con sede en Nueva Kiev, en el Báltico, exigía a los estados subacuáticos independientes el pago de impuestos más elevados, en la forma de algas, de las que se extraían proteínas, uno de los alimentos bá­sicos de la humanidad. Los parientes de algunos de los criados habían servido en flotas de pequeños botes pro­vistos de aparejos aptos para la extracción de algas y mariscos del fondo marino. Dichas flotillas eran envia­das en misiones de castigo y su labor entrañaba serios peligros. Los hombres acuáticos se valían de las aguas para propinar violentos embates a las embarcaciones y volcarlas; cortaban los cables de los aparejos y ataban a sus extremos mensajes en los que hacían objeto de burla a los atacantes.
El escaso fruto que lograban obtener de las profun­didades estaba en malas condiciones o en período de crecimiento.
Los criados no sentían odio por los pobladores del lecho marino, sino que más bien les temían, del mismo modo que temían a las tormentas y furias de la Natu­raleza. Ellos no les respetaban como sus amos. Los hombres-pez eran accidentes de la Naturaleza con los que no había que tratar, salvo en las ocasiones en que tenían lugar sesiones de magia, prácticas que de nuevo habían proliferado a los pocos años de finalizada la Guerra de los Dos Meses.
Gunnar sospechaba lo que aquellas gentes pensaban, pero ese aspecto del problema no le afectaba. Después de todo, su estado no producía lo bastante como para verse implicado en disputas de índole económica. Miró a Greta, sorprendida aún por la rápida y ostensible desaparición de los jardineros.
–Ha pasado mucho tiempo desde que adoptamos nuevamente el mar como medio en el que vivir –expli­có, volviendo a tocar su hombro, pues sabía que estos contactos físicos la tranquilizaban–, y ya no nos recor­dáis. Somos extraños para vosotros.
Inmediatamente después de sentir en su hombro la mano de Gunnar, Greta apoyó su cuerpo en el de él, al tiempo que efectuaba una serie de movimientos on­dulantes con caderas y tronco. Gunnar no concedió im­portancia alguna a aquella insinuación.
Greta se sumió en el silencio, apartándose de él. No había hecho más que poner en práctica las enseñanzas recibidas de sus preceptoras en el gimnasio. La habían instruido, cuando muy joven, para las placenteras obli­gaciones de la vida adulta. Se sabía experta y le mo­lestó la completa indiferencia de Gunnar. Abrigaba la idea de que las mujeres-pez eran más expertas; pero ante aquella reacción abandonó este pensamiento como falso y carente de base. Sus maestros, así como Abuwolowo, le habían asegurado que estaba perfectamente adiestrada para el arte amatorio.
Hadji Abuwolowo Smyth les contemplaba desde una terraza suspendida que se proyectaba, como un dedo, sobre los jardines.
«La chica está coqueteando con el pez –se dijo–. No es más que la novedad.»
Abuwolowo recordó las largas horas de danza que habían constituido parte de su entrenamiento, las gran­des fábricas que sus padres dirigían, y los deseos del cuñado de Greta de encontrar nuevos mercados para su maquinaria pesada. Llegó a la conclusión de que no tenía por qué preocuparse, y entró en la casa para someterse al masaje que le prepararía para la lucha de antes del almuerzo.
Cada día, todos los jóvenes, excepto Rolf, luchaban para distracción de los invitados. Su lucha era una com­binación de estilos; jiu-jitsu asociado a las menos peli­grosas llaves de grecorromana. Todos ellos rebosaban energía, tenían poco que hacer y dejaban transcurrir el tiempo en espera del día en que asumirían cargos directivos en las fábricas automáticas controladas por sus padres.
Gunnar y Greta reaparecieron por la senda arbolada poco antes de que dieran comienzo las luchas. Gunnar parpadeó y volvió su cabeza al sentir el calor del Sol sobre su piel quemada. Se detuvo. Greta notó aceite bajo su mano. Los poros de la piel de Gunnar se abrie­ron y una fina capa de transparente aceite cubrió su cuerpo. Efectuó una serie de curiosas inspiraciones pe­ristálticas, a cada una de las cuales fluía nuevo aceite protector de su piel.
–Ahora podemos continuar, pero antes cuéntame qué están haciendo allí –dijo.
–Están luchando –respondió ella con sequedad, un tanto molesta por su anterior frialdad y distraída por la lucha.
Llegaron a tiempo de presenciar el final de la pri­mera pelea, que se resolvió con la fácil victoria de Hadji Abuwolowo. Derribó a su oponente con un golpe de cadera y, saltando sobre él, lo inmovilizó. Saludó a Greta con la sonrisa del triunfo en el rostro.
–Y tú, pez, ¿no luchas? –inquirió, burlón.
–No contigo –contestó cortésmente Gunnar, que­riendo dar a entender que no pretendía enfrentarse con alguien tan diestro, teniendo en cuenta su poco entrenamiento en aquel tipo de lucha.
–No soy un oponente lo bastante digno para ti, por lo visto –Abuwolowo optó por dar una torcida inter­pretación a las palabras de Gunnar–. ¿O es que tienes miedo?
Gunnar sintió la pequeña mano de Greta en la es­palda. Avanzó hacia el espacio enarenado, dirigiéndose, amenazador, a Abuwolowo.
El nigeriano sintió un amago de arrepentimiento por la impetuosidad con que había lanzado el desafío, pero sólo duró un segundo. Dio un salto con el que pretendió alcanzar con sus manos la cabeza de Gunnar. El salto fue perfecto, pero su intento de agarrar la cabeza del hombre-pez no tuvo el mismo éxito: no había donde agarrarse, ya que las orejas de Gunnar eran en extremo pequeñas y se hallaban profundamente insertadas en el cráneo. Tenía sólo vestigios de pabellón, y los canales auditivos estaban cubiertos por membranas. Por otra parte, su piel era resbaladiza debido al aceite.
Al fallar el intento, Abuwolowo cayó de espaldas sobre la arena, donde permaneció, desmadejado, por espacio de breves segundos, sintiendo sobre sí el peso del ridículo fracaso. Furioso, se incorporó y saltó de nuevo hacia Gunnar, cruzando el aire con las piernas dobladas. En el preciso instante en que, a través de las súbitamente distendidas piernas, se disponía a des­cargar todo el peso de su cuerpo sobre su adversario, Gunnar dobló el cuerpo con la flexibilidad de una an­guila. Abuwolowo aterrizó en el suelo, deslizándose un buen trecho por encima de la arena, debido al impulso que llevaba, y despellejándose las manos. Alzó los ojos y su mirada tropezó con la espalda del hombre-pez, quien ni siquiera había movido los pies. Era demasiado para él, pero sus ansias de matar superaban a su pru­dencia. Se levantó de nuevo, corrió con cortos pasos de cazador, sigilosamente, hacia la espalda de Gunnar, y describió un rápido movimiento circular con los brazos, aplicando toda la fuerza de sus poderosos músculos. El canto de su mano rebotó tras golpear con fuerza la nuca de Gunnar, pero, satisfecho, vio que éste se tambaleaba.
–Has olvidado la ética del luchador, Hadji –dijo Gunnar amenazadoramente, como no lo había hecho antes.
Abuwolowo avanzó, con cautela, medio paso, pero fue violentamente lanzado hacia atrás por un manotazo que no tuvo tiempo de evitar. Cuando se recuperó, vio que Gunnar seguía en pie, inmóvil como una roca, ex­pectante. Era demasiado tarde para volverse atrás y, aun sin esperanzas, cargó contra él.
Los largos y flexibles brazos de Gunnar, tan gruesos en las muñecas como en los hombros, se extendieron para estrecharle en un abrazo que no pudo eludir, a pesar de que no parecían moverse con rapidez. Por un momento, el hombre-pez le mantuvo sujeto contra sí, con expresión extrañamente compasiva, tras lo cual le lanzó de súbito al aire. Abuwolowo se elevó, sintió que flotaba por un largo momento y cayó. Luego se hizo de noche en su mente.
Hauptman-Everetsky corrió hacia Abuwolowo, pero Gunnar estaba ya arrodillado a su lado, retorciéndole entre sus brazos.
–¡Guardias! –gritó Everetsky, al tiempo que se arro­jaba con furia sobre el hombre-pez.
–¡Quieto! –la voz de Gunnar sonó como una orden, debido quizá a lo profundo del tono, o a la seguridad que le confería su destreza–. Se pondrá bien; se las­timó la espalda, pero se la he arreglado.
Estas últimas palabras fueron las que dieron al tras­te con el código de hospitalidad de Everetsky. Le sonaron igual que las proferidas por cualquier técnico al reparar un juguete mecánico.
Murmuró algo entre dientes, entornando los rasga­dos ojos, con lo que acentuó más su ascendencia mon­gólica. A pesar de todo, Gunnar consiguió que se domi­nara. Su primer pensamiento fue hacer retroceder a los guardianes.
–¡Atrás! ¡Quietos!
La voz de Everetsky estaba alterada, pero su tono fue el apropiado para hacer obedecer a los mastines. Los perros, con los collares metálicos brillando al Sol, retrocedieron y se sentaron al pie del muro, semejando estatuas de nuevo.
–Señor –le dijo a Gunnar, recuperado ya el con­trol–, ha herido usted a uno de mis invitados. Podría pasarlo por alto, pero estoy seguro de que se repetiría. Existe verdadero antagonismo entre los dos –hizo una pausa y prosiguió–: Debo ser sincero: tampoco yo sim­patizo con los de su especie. Le ruego que se marche; si se siente insultado, le ofrezco la oportunidad de desa­graviarse.
–Es usted valiente –contestó Gunnar, abriendo la boca y mostrando súbitamente los dientes– y con los huesos bien cubiertos de carne también; bastarían sus despojos para justificar la lucha, pero nuestro proceder es distinto. No puedo pedirle que mida sus fuerzas con las mías.
Mostró de nuevo sus dientes a Everetsky, separando los labios de tal forma que dejó al descubierto la verda­dera magnitud de su boca. Las comisuras estaban, de hecho, situadas junto a la nuca, y dejaban colgando la mandíbula.
–Debería preguntárselo dentro del agua, y entonces –inquirió con frío humor, que sólo a él podía diver­tir–, ¿qué probabilidades tendría usted?
–Gracias –contestó Evereísky sin disimular su des­dén–. No quisiera tener que preguntarle de nuevo cuán­do piensa abandonar esta casa.
–Confío en que se me conceda la gracia de poder aguardar hasta la noche; cuando la marea suba, par­tiré.
Everetsky asintió, y el hombre-pez, dándole la espal­da, emprendió el camino de la playa, con tanta segu­ridad como si lo hubiera recorrido muchas veces en otro tiempo.
Ya junto a la orilla, Gunnar estudió las aguas, en espera de ver los signos que anuncian la pleamar: algas que dentro de poco serían arrojadas a la arena, desechos marinos esparcidos a lo largo de la costa; bur­bujas, mariscos y peces muertos serían pronto empu­jados por las olas, cada vez más grandes, señalando los límites entre sus dominios y los de Everetsky.
–Bobo –dijo–, no comprende nada.
Calló y, aplicando la palma de una mano sobre la arena, percibió las vibraciones de unos pasos que se aproximaban.
Aparecieron dos criados cargados con su traje de buceo. Tras ellos venían dos más y una de las ayudantes de cocina. Depositaron el traje a sus pies, a una dis­tancia que, creyeron, estaba fuera del radio de acción de sus brazos. Luego retrocedieron y, parados, espera­ron a los demás para regresar a la casa. Permanecieron en guardia, mirándole, hasta que la mujer y sus com­pañeros llegaron a su altura.
–Te saludo –dijo Gunnar a la mujer, que se había detenido ante él separando las piernas para mantener en equilibrio el peso de un cuerpo engrosado por años de acarrear grandes jarras de agua, montaña arriba, por empinados escalones tallados en la roca.
–Saludos –respondió ella en un dialecto griego, tan adulterado como las inscripciones que aparecían en las viejas monedas de la antigua Escitia. Tan sólo ella le miró con ecuanimidad.
–Habla –apremió Gunnar, al tiempo que sus ojos, moviéndose independientemente, abarcaban un panora­ma semicircular de la playa y sus alrededores. Sabía lo que sucedería a continuación, pues era la tercera vez que intervenía en aquel rito.
La mujer se aproximó a él, con el brazo izquierdo extendido y señalando su cara con el dedo índice. Cuan­do éste tocó la cerrada boca de Gunnar, su gruesa y pesada figura se transformó y el temor del Ática la ayu­dó a seguir hasta el fin.
Gunnar, obediente, abrió la boca, y de una dentellada seccionó el extremo del dedo. El nauseabundo sabor de la sangre caliente y de la sucia uña llenó su boca; no obstante, se lo tragó inmediatamente y dijo:
–He aceptado. Habla.
La mujer no pudo resistir la tentación de volverse y mirar, con aire de triunfo, a su alrededor. Gunnar pensó: «Pobres diablos; ahora es una bruja con todos los atributos, deforme, y a la que tendrán que obedecer en todo. Deberá imponer su autoridad a los demás. Dar órdenes será su modo de hablar habitual de ahora en adelante. Con un simple gesto de su mutilada mano podrá conseguir que un hombre se acueste con ella, o que una doncella lo haga con aquél. Pero lo más inte­resante es que unirá a todos los servidores, formando un sólido bloque. Será un importante grupo que respon­derá a los requerimientos de los pobladores del lecho marino en el momento propicio.»
Sabía muy bien que los herederos y propietarios de la tierra comprendían perfectamente su mundo a tra­vés de los planos, pero no eran capaces de hallar las palancas, válvulas y sencillos mecanismos con que poder manejarlo.
–¿Fuiste sincero al prometer que comerías a nues­tro amo, Gran Pez?
Gunnar dio la respuesta obligada en aquel caso:
–Recibimos vuestras plegarias.
–Demonio de Poseidón, nuestra gente será salvada –repuso la mujer.
También ella estaba familiarizada con el ritual.
–No soy demonio, sino sólo un servidor –se alzó y, tras un nuevo amago de dentellada, como el que intimi­dara a Everetsky, dijo–: Poseidón necesita más siervos amantes del mar.
–Aceptaremos serlo –contestó la mujer.
Gunnar arrancó de una dentellada un bocado de gra­sa de su antebrazo y lo escupió en el hueco de las ávidas manos de la mujer, que lo besó en seguida, como parte del ritual, y luego lo guardó entre los sucios pliegues de su ropa.
–Cuando me lo ordenéis, volveré –aseguró la mujer, emprendiendo el regreso.
Gunnar sentía vergüenza de sí mismo, pero no por las amenazas dirigidas a su anfitrión y sus consecuen­cias. Había planeado y previsto toda aquella serie de acontecimientos. No era la primera vez que interpretaba aquel papel; lo había hecho muchas veces con anterio­ridad. Su gente no podía pensar en hacer la guerra contra los pobladores de la superficie si tenía que re­solverse a base de cifras y equipo. Las ciudades subma­rinas eran muy vulnerables; el más simple de los tor­pedos teledirigidos podía destruir multitud de edificios, y las sanciones económicas desbaratarían muy pronto las vidas de los granjeros que cultivaban el lecho ma­rino, así como las de los ciudadanos.
No se avergonzaba de la táctica empleada, sino de la repugnante cobardía con la que le sorprendió. Se le revolvía el estómago de pensar en el sabor de la especie humana. Ciertamente, su alimentación era pe­sada, con abundancia de almidón y obscuras carnes co­cidas. Semejante dieta daba a su propia carne un sabor desagradable, extraño, no muy distinto, sin embargo, al que tenía la de los enemigos que mató en los días de lucha de su territorio.
Detuvo el curso de sus pensamientos y estudió el mar con creciente interés. Se preguntaba si aquellas preocupaciones no iban a perjudicarle. Le convenía rela­jarse, pero persistía aquella extraña sensación de desor­den en su mente. Respiraba tragando aire a grandes bo­canadas y reteniéndolo hasta que su pecho y diafragma lo expulsaban con un fuerte soplido. Lentamente dejó escapar el aire por la nariz; un atento observador ha­bría notado su cambio de postura: todo su cuerpo es­taba laxo, las piernas abiertas sobre la arena, su cabeza caída; sólo los ojos parecían tener vida, girando en las órbitas y escudriñando la superficie de las aguas.
Era una mirada que había sido objeto de investigación a mediados del siglo XX, cuando se estudió el sis­tema nervioso de la rana. Existían unos circuitos interconectados a los nervios ópticos que discurrían a través del cerebro y conducían los estímulos luminosos ya ordenados a los músculos oculares. Tan sólo los movimientos significativos de la superficie del mar tenían en­trada en su cerebro.
Tras dedicar unos segundos a esta actividad, sus piernas se encogieron con brusquedad, se le cerraron los párpados y sus ojos parecieron hundirse en el cráneo. Alzó las rodillas y, así sentado, como un chiquillo, dejó que una amplia sonrisa se adueñara de su rostro.
«Hauptman-Everetsky fue un loco», pensó, mientras se levantaba para dirigirse hacia las olas. Sus últimos pensamientos antes de sumergirse en el agua estuvieron dedicados al hambre que sentía y al propósito de vol­ver más tarde a la playa, para comprobar si lo que pen­saba acerca de Greta era cierto. Se dejó arrastrar más allá de los escollos hasta encontrar una corriente que le llevó por entre las rocas. Para aminorar su velocidad hundía los talones en el fondo arenoso, tocando aquí y allá, como haría un jugador de polo al guiar a su ca­ballo.
Cuando divisó la batisfera descansando en el fondo, entre las negras aguas, comprendió que era obra de Everetsky. Lamentó no haberse calzado los pies de pato, pero no dejó que aquello le preocupara demasiado. De todos modos, pensó que no podía contener más de tres hombres, y nadó hacia la escotilla.
Los tres guardias le vieron en el preciso instante en que entró en el área iluminada por la batisfera. Tan pronto salió el primero de los hombres por la escotilla, Gunnar se abalanzó sobre él agarrándole por la nuca. Los ocupantes de la batisfera ya habían previsto la posi­bilidad de utilizar a uno de ellos como cebo, para dis­traer así la atención del hombre-pez y poder los res­tantes apresarle con más facilidad. Sin embargo, no ha­bían contado con la simplicidad de la táctica de Gunnar. Cogió al hombre como si de un gato se tratara y le arrancó el tubo conductor de oxígeno de la mascarilla; apuntó su cuerpo hacia el fondo, y de un manotazo en las nalgas lo mandó a las profundidades, mientras el infeliz agitaba las piernas inútilmente.
El segundo hombre intentó acabar con Gunnar dispa­rando su fusil. El hombre-pez, furioso al ver su torpeza, nadó para interceptar el arpón. Justo cuando pasaba por encima de su hombro, lo atrapó y, acto seguido, lo arrojó contra el tirador. El arpón se hundió profun­damente en el plexo solar del hombre, cuyo cuerpo quedó a merced de la corriente. Gunnar lo desvió de su trayectoria dando un violento tirón a su brazo, sin pararse a contemplar sus agonizantes contorsiones.
El último miembro de la partida de asesinos man­dada por Everetsky rehuyó el combate. Gunnar le mos­tró su sonriente cara al pasar junto a una portañola iluminada, mientras se dirigía a la parte superior de la esfera. Tomó la argolla del cable en sus manos, al tiem­po que, con las piernas, daba un violento empujón a la esfera, haciéndola volcar sobre el lado en que se encon­traba la escotilla. Con otro empujón, se aseguró de que la abertura había quedado obstruida por el fondo arenoso del mar.
Gunnar contempló su trabajo por unos momentos, antes de nadar hacia el último superviviente, que se retorcía en el fondo, con las piernas dobladas sobre el estómago. Era inútil que luchara, pensó al sentirse arras­trado. Una cara redonda, suspendida escasos centíme­tros por encima de su mascarilla, estudiaba, paciente, sus últimas reacciones.

La playa estaba desierta cuando Greta pudo escapar, por fin, de la casa e ir en busca del hombre-pez. Exas­perada, levantó una pequeña nube de arena de un puntapié. Habría marchado de no haber visto un movimien­to en la superficie del agua, más allá del rompe­olas. Segundos después vio a Gunnar vadeando hacia la playa. Este se encorvó para coger un puñado de arena con el que frotó su boca. A medida que se aproximaba, Greta observó que limpiaba, con el extremo de la lengua, los intersticios dentales.
–Hola –saludó, sin encontrar más que decir por el momento; se arrebujó dentro de la larga capa.
–Hola –respondió Gunnar, percibiendo su tem­blor–. Ven, no estás acostumbrada al aire de la noche –observó, conduciéndola al abrigo del farallón–. ¿Qué estás haciendo aquí?
Greta no lo sabía, excepto que se sentía atraída hacia él. Era el primer hombre, que ella recordara, capaz de sentir cualquier sentimiento, excepto amor.
–Bien –dijo–, abatiste a Abuwolowo con tanta facilidad...
–En las justas del amor... –contestó en velada de­claración; pensó que era mejor dejar la frase en sus­penso.
Greta, sorprendida, le ofreció su mejor sonrisa.
–Pude haber convencido a mi cuñado para que deja­ra que siguieras con nosotros. Me debe algún favor.
Gunnar le habría referido el asunto que acababa de despachar en el mar, pero aquella extraña repugnancia le sorprendió de nuevo.
–En realidad, no hubiese aceptado mi presencia por más tiempo –dijo, pero incluso él, no estando acos­tumbrado a esta clase de sentimientos, notó el vaci­lante tono de su propia voz.
–Pero si lo único que de veras le preocupa es la diversión de sus invitados –explicó Greta, riendo mali­ciosamente, como si recordara algún chiste–. Y empie­zan a aburrirse. Mucho –aseveró con seguridad.
–También yo acabaría resultando aburrido muy pronto, mi pequeña Greta –alborotó sus cabellos con aquellas fuertes manos.
Greta se acercó más a él.
–No podrías aburrirme nunca. Nunca –dijo alzando su rostro hacia él.
El hombre-pez vio la suave curva de su garganta, delgada, pero con la redondez de la adolescencia. Las rígidas normas por las que se regía su mente le orde­naban destruir a aquella mujer, incipiente creadora de nuevos seres.
«No; puedo hacer algo mejor», explicó a los ancia­nos de su pueblo, allá en las profundidades, en mudo diálogo telepático.
Greta se cansaba de esperar un abrazo que no lle­gaba. Cambió de postura, irritada.
–¿Y bien?
–Debo volver con los míos –repuso Gunnar–. He estado demasiado tiempo ausente.
–¿Debes reunirte con tu mujer?
–Soy demasiado joven para nadar en las mareas del amor.
El significado de la metáfora escapó a Greta, quien la tomó como un cumplido. Creía haber obtenido una pequeña victoria.
–¿Volverás cuando estés preparado?
Gunnar descubrió entonces el origen de su debilidad. De algún modo ella le había enseñado a encontrar el significado, tras simples palabras. Sonrió.
–Desde luego. ¿Dónde podría ir si no?
Greta olvidó toda su laboriosa preparación: la sofisticación que le habían enseñado sus preceptoras. Ra­diante, rodeó con sus brazos la cintura de Gunnar, apo­yando la cabeza en su pecho.
–Gracias –exclamó, aceptando el cumplido con co­quetería.
–No debes darme las gracias –contestó, contenien­do la risa–. Pero puedes hacerme un favor.
Antes de continuar, estudió las aguas. Decidió que debía irse ahora.
–Es muy sencillo. No olvides decir esto a tu cuñado: La guerra se librará en lugares en los que ni siquiera ha pensado.
–¿Sí? –exclamó Greta, azorada.
–Eso es todo.
Gunnar acarició con delicadeza sus cabellos y se sentó. Se ajustó el traje de buceo y se calzó los pies de pato. Cuando tuvo puesta la cubierta de caucho que protegía su cabeza, se levantó y avanzó hacia las rom­pientes, hasta desaparecer en el mar.
Más tarde, aquella misma noche, el hombre-pez habló con las marsopas, cazó un grupo de peces plateados a la luz de la Luna, y luego se dejó arrastrar por la vertiginosa corriente de un torbellino, que le llevaría a su territorio.
Greta transmitió a Hauptman-Everetsky el críptico mensaje. No hizo mucho caso de él, olvidando más y más a Gunnar, con el paso de los años. Cuando lo re­cordó, era ya demasiado tarde. Los seres que surgieron de las olas recibieron el saludo y la bienvenida de todos los servidores.
Con ellos revolucionados, la isla quedó sin defensas, y la nostalgia era un débil escudo.
La guerra se había librado. Ni Greta ni su cuñado se dieron cuenta de ello. En los túneles subterráneos, los rotos cabos de los cables de alta tensión emitían impotentes chispazos; el agua escapaba a raudales por las rotas conducciones. Timbres y voces con tono auto­ritario no conseguían apartar a los criados de sus himnos de bienvenida.
Únicamente los muebles, siempre fieles, miraban con obscuros y ciegos ojos la llegada del pez, que acudía, fiel a su promesa, a tomar parte en el juego de Greta.

miércoles, 21 de enero de 2009

Una tarea de la escuela a manera de diario

Aclaro que el siguiente contenido es de un texto que nos pidieron hacer en el taller de creación literaria, y se trataba de qué contaras lo que pasó en tu día, ahora lo paso a ustedes para que lo conozcan:

¿Cómo voy a tener una historia si tuve una elipsis entre las cinco de la mañana y las cuatro de la tarde?

Aquí lo sucedido apenas desperté. Fui al autobús de la ruta doscientos diesiocho y llegué a la universidad, traía tapada la boca con un pañuelo debido a una alergia-achaque-¿qué-demonios-sé-yo? Caminé y crucé la callecita, no puedo decir que estuvieron a punto de atropellarme, pero la camioneta sí logró enfrenarse frente a mí. Crucé, anduve por las canchas y hay una parte donde está una bugambilia, ahí siempre se ponen las urracas ¿qué importan las urracas? Esto es relleno. Cortaré todo lo demás pues fue una caminata de servicio social hasta la facultad de filosofia, todos corren, o por lo menos tienen cara de angustia en ese pasillo cuando son las cinco ¿van tarde?¿reprobaron algo?¿tienen ganas de ir al baño? No sé, no puedo saberlo, elucumbro, elucumbran, elucumbramos.

Llegué a Filosofía y Yerbas (algunos del mundo foráneo le dicen así) Saludé a Alicia, me alejé. Fui a segundo piso al salón de maestros para que revivieran la conexión de mi laptop, lograron revivirla, bajé para abajo (sí, el pleonasmo lo usé a propósito como un recurso risible). Encontré a otras compañeras, presté la lap top para que revisaran sus horarios, para entretenerme pensaba en una canción “dicen que yo debo estar loco, soñando tu querer...“ Subí con mis compañeras al segundo piso, esperamos poco, ahora tomé esta clase y recuerdo los días olvidados en la S.O.G.E.M. ¿que diablos importa lo que escriba? Es un borrador ¿no es así? Mejoraremos más adelante

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Eso es todo el texto, difiere mucho mi caligrafía a como está aquí, por supuesto que lo piden en limpio, y etcétera etcétera etcétera que no sirve poner aquí. Pero sí espero de forma sincera que este semestre se vuelva fructífero nuevamente. Ahí pueden tomatearlo, que diga, criticarlo, total, para eso es esa tarea que haré la próxima semana

miércoles, 25 de junio de 2008

Espantos de agosto - Garcia Marquez

Tiene mucho tiempo que no pongo algun cuento de dominio público de cualquiera de mis autores favoritos, pero para variarle un poco pondré de uno muy famoso con el cual he batallado lo suficiente para leerle una novela completa, se trata de Garcia Marquéz quien como novelista nunca ha logrado engancharme, pero sus cuentos son otra cosa, así que viene de ahí:

Espantos de agosto - Gabriel Garcia Marquez

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

-El más grande -sentenció- fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. "Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

lunes, 2 de abril de 2007

Alice, comedor de cuentos

Este cuento lo leí en un programa de "Nina Felina" en Matamoros, Tamaulipas. Hoy que el conejo se murió lo pongo aquí para que lo lean. Alice siempre fue una inspiración.


“Alice, el comedor de cuentos”

¿Qué desde cuando como cuentos en grandes cantidades? Pues desde que la conocí a Ella. Estaba solo en un estante junto a mis otros hermanos orejones, no hacía nada ahí, solo dormía un rato, tomaba algo de agua, alguien veía a nuestros compañeros de al lado, que eran los hamsters y los ratones, o veían a los vecinos de arriba, que eran los perros y gatos, y luego se fijaban en nosotros los conejos. Siempre venía gente a ver lo bonitos que éramos, algunos humanos con sus críos golpeaban el vidrio y nos molestaban con eso, otros solamente miraban sin hacernos nada. Normalmente veía como se llevaban al más lindo mientras tenía que esperar días para salir. Justo cuando creí que nadie me iba a comprar, Ella se me quedó viendo. Solo quedábamos yo, el conejo blanco de ojos rosas, y un compañero café que tenía orejas como un perro, solo que más largas. Ella me siguió mirando con la curiosidad de una niña, aunque era más alta, tampoco parecía una adulta, estaba como en medio, recordé que había quien se quedaba viendo largo rato y nunca volvían a ver, pero Ella no me traicionó. Sin saber por qué razón, me sacaron del estante donde había mucha viruta, y me metieron en una cajita oscura. Estaba asustado por que nunca estuve encerrado en un lugar tan pequeño. Fue cuando al abrirse la caja volví a verla. Era una muchacha pecosa de ojos tristes, me acariciaba con sus manos, me sacó para verme de cerca, yo sacudía mis bigotes para sentirla mejor. Me di cuenta que estaba en un lugar repleto de humanos y comencé a temblar.

—No tengas miedo, conejito, ahorita nos vamos y llegamos a la casa.

Supe que estaba en algún transporte porque miré por las ventanas que comenzábamos a movernos, ella venía sentada, me miró con una sonrisa que no cabía en su cara.

—Estas bien bonito, ay, precioso—Decía melosamente mientras me besaba, haciendo “mua mua” en la cabeza.

Me puso de nuevo en mi caja y acariciaba mi lomo, seguí temblando, aunque no sentía tanto miedo como antes. Cerró la caja, se movía conforme ella caminaba, el miedo de estar encerrado también se fue pues supe que no me iba a soltar. Al abrir la caja me encontraba en un cuarto de color rosado. Me puso en un cojín gigante en donde me acomodé porque estaba muy cansado. Arregló un rincón del cuarto y me metió

—Ahora quédate aquí, pórtate bien.

Sacó unas bolsas de plástico que tenían comida.

—Nada más me alcanzó para comprarme esto y no te compre comida ¿podrías comerlo?

Me enseñó una cosa de color rojo que no supe que era.

—Aquí tengo más manzanas. Ten. —Me dijo.

Nunca probé la manzana hasta que ella me dio una. La olí como suelo hacerlo con las cosas nuevas. Sentí asco al principio, era muy dulce para mí.

—-Ay, andale, por favor, comete esto, ahorita no puedo salir por que ya es muy noche, pero si te la comes juro que mañana salgo y te compro tu comida ¿si?.

No habiendo otra opción mastiqué la cáscara que no era tan empalagosa, y seguí masticando por que realmente tenía hambre. Ella se levantó del gran cojín y arregló otro rincón, donde había metido unos trapos blancos y azules.

—-Bueno, este será tu lugar, Alice—Me miró y sonrió—Así te vas a llamar, por “Alicia en el país de las maravillas” —Cuando decía esto, sonreía

Me dio un beso de buenas noches y me metió en el lugar que había preparado para mí. Puso una tabla para que no pudiera salir de ahí, luego puso agua en un tazoncito y se fue a acostar. Quedé en completa oscuridad. Comencé a morder los trapos para entretenerme un rato, todo iba bien, hasta que la tabla se cayó. Aproveché mi libertad y salí a explorar el cuarto. Como no veía nada, pues olía y mordía todo para probarlo. Había algo que se parecía a la pajita de mi jaula, pero estaba deliciosa, sabía dulzón, pero no tanto como la manzana, lo disfruté tanto que seguí mordiendo. Quizá fueron mis mordidas lo que la despertaron ya que Ella se había levantado repentinamente. Prendió las luces y abrió los ojos como si hubiese visto algo que no le gustó.

—¡Alice! ¿Qué hiciste? ¡Mis revistas, mis libros, mis comics! ¡Ah, conejo!

Se levantó apresurada a recoger las cosas que estaba mordiendo y yo me fui corriendo a la puerta del cuarto. Nunca entendí por que me las quitó y las puso en un lugar alto donde yo no podía alcanzarlos, solo estaba probando algo muy bueno y delicioso. Me levantó del suelo por donde andaba, me vio a los ojos y dijo.

—¡Ay, méndigo! ¡Eso no se hace!

Me puso de vuelta en el piso y se puso a buscar algo entre sus cosas.

—Ten, mastica esto, pero no los libros.

Me encerró de nuevo en el lugar con los trapos. Esta vez puso una silla que hiciera soporte para que la tabla no se cayera, así que no pude salir en toda la noche. Lo que me había dado a masticar eran pedazos de madera, sabían igual a la viruta que tenía en mi jaula, me quedé buen rato masticándolos. Entonces Ella se durmió y yo también.

Cuando desperté Ella seguía durmiendo, continuó así un rato, y yo seguía en la misma actividad: masticar. Pero se estaba volviendo aburrido, y ya tenía mucha hambre. Pasado un rato se despertó. No tenía la cara alegre del día anterior, se limitó a dejarme unas manzanas y acariciarme la cabeza. Salió con la mochila y me dejó solo con las luces apagadas, aunque sabía que era de día porque apenas entraban unos rayos de sol por el huevo de la puerta. Cuando regresó me sacó del rincón y me dio un beso en el hocico. Agarró la silla con la que me tuvo prisionero, y quien sabe que magia es la que haya usado pero estaba frente a un cuadrado que brillaba. Y en sus piernas tenía como una tabla de color blanco con la que hacía ruidos como “tiki tik tiki”. Me acerqué a sus pies y comencé a morder la suela de sus zapatos. Ella dejó de hacer el “tiki tik” y me miró.

—Deja, estoy escribiendo. Tengo que entregar este cuento.

Entonces supe que el “tiki tik tiki tik”era eso que hacía ¿Cómo dijo? Escribir, si, eso dijo ¿Cómo escribir? Es algo que sigo sin entender. También me explicaba que los libros no eran para comerse, aunque decía otra palabra que tampoco entiendo ¿Cómo me decía?...“¡Alice, tu eres un comedor de literatura, literalmente, conejo travieso!” Creo que eso tan sabroso que llama “libros” es la “literatura”. Y por supuesto que también hace cuentos. No eran muy diferentes de los libros. Recuerdo la primera vez que por fin vi como era un cuento realmente. Salían de una cosa gris rectangular, Ella sacaba un papel muy blanco, lleno de rayas punteadas de color negro, miraba las rayas con atención, y luego hacía bolita ese papel para tirarlo en el bote. Supe que esos eran “cuentos” porque siempre decía que nunca le había gustado como quedaba su “cuento”. En alguna ocasión no tiró correctamente en la basura su cuento, sino que estaba en el piso, me acerqué a verlo, me preguntaba como es que ponía tanta atención en eso y después lo desechaba ¿por qué no me lo daba a mí? Fue así que probé mi primer cuento, y sabía delicioso.

Ya antes la había visto de ese modo. Se la pasaba horas frente a ese cubo que brillaba, viéndolo por horas mientras, escribiendo sin parar (ya dije que eso es el “tliki ttik” que hacía, pero nunca supe que significa “escribir”). Los ojos se le ponían tan rojos como los míos. Ese día estaba tan cansada que se durmió, olvidando recoger la hoja rayada que salía del cubo rectangular. Yo era muy pequeño para alcanzarla, pero antes había logrado saltar tan alto como para salir de mi rincón. Medité el salto perfecto, pero al final no tuve que hacer nada, ya que la hoja cayó sola, me acerqué listo para comérmela. Entonces noté que esas rayas punteadas que tenía parecían dibujos, las miré un rato sin saber que hacer, y fue cuando empecé a masticar siguiendo las líneas, como si tuviesen una indicación para seguir, como un olor al que estaba persiguiendo. Ella se despertó, no me di cuenta hasta que estaba levantada, una gigante bondadosa que se enojaría por comer lo que no debía, ya antes me lo había dicho, pero no puedo evitarlo, es el instinto de morder por que si no lo hago me empiezan a doler los dientes. Pero me vio con cansancio, levantó la hoja mordida y sonrió torcidamente.

—No te apures, Alice, de todos modos no era para alguna editorial importante o una revista. Seguramente estaba destinado a que tú te comieses este cuento porque no estaba bien y necesitaba correcciones. ¡Gracias, chiquito!

Acarició mi cabeza y mi lomo con suavidad, besó mis orejas y se sentó a seguir escribiendo. Alejó todo los libros del piso desde la primera vez que los mastiqué, desde entonces solo me da a masticar maderitas. Pero fue en esa ocasión tan especial en que me convertí en el comedor oficial de sus cuentos, los cuales, en las contadas ocasiones que me los da, me encanta comer y saborear mientras Ella sigue escribiendo.

domingo, 27 de agosto de 2006

La torre - Howard Phillip Lovecraft

Desde esa esquina se puede ver la torre. Si el testigo abandona por un segundo el ruido de la vida porteña, descubrirá tras las paredes circulares un aquelarre. El eco del mismo lugar que la humanidad resguarda en la penumbra bajo diferentes disfraces. La esencia de los cimientos de construcciones tan antiguas como las pirámides y Stonehenge. Allí se suceden acontecimientos -incluso próximos a lo cotidiano- que atraen a hados y demonios.

Fue lupanar y fumadero de opio. Acaso alguno de sus visitantes haya dejado el alma allí preso del puñal de un malevo. Pero fue cuando llegó aquella artista pálida, María Krum, que su esencia brotó al fin. Recuerdo que apenas salía para hacer visitas a la universidad. Fue en su biblioteca donde hojeó las páginas del prohibido Necronomicón. Mortal fue su curiosidad por la que recitó aquel hechizo. Quizá creyó que las paredes sin ángulos la protegerían de los sabuesos. Pero esas criaturas son hábiles, impetuosas, insaciables. Los vecinos oyeron el grito del día en que murió. Ahora forma parte de la superstición barrial. Pero yo sigo oyendo su sufrimiento y el jadeo de los Perros de Tíndalos que olfatean, hurgan y rastrean en la torre.

lunes, 8 de mayo de 2006

El corazón delator - Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

lunes, 9 de enero de 2006

Aceite de perro - Ambroise Bierce, recuerdo que me dejó Alejandro Licona

En alguna clase de guión de televisión en el 2004, Alejandro Licona, nuestro profesor, nos contó un cuento, pero como buen cuenta cuentos nos dejó el final en suspenso para que así, a quienes le interesase, lo buscasen y terminasen de leerlo. El cuento era de este niño inocente de padres honestos que hacían medicina de "aceite de perro". Y como extraño postear cuentos, y como mi amiga Ukum me lo recordó me lo recordó en un mail, pues ahora se los paso a dejar para que lo lean:

Aceite de Perro - Ambroise Bierece


Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Oil Can. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.

A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.

Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón de que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.

Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría los huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo del incomparable Oil Can por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.

Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mí padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.

Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.

A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.