

Quiero un maldito cigarro
Lo quiero
Fin del post
El blog desmadroso, reseñoso y notifuricufragilísticoespialidoso, con lo literario, poético, sangrón, fufurufo, serio y elevado de Laura E. Cáceres
Un cuento de Eraclio Zepeda
Te paras al borde del abismo y ves al pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ente tus ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas: adivinas los ires y venires de su gente, sus oficios, sus destinos. Sabes que en la línea recta está muy cerca. Si caminaras al aire, en un puente de hamaca, suspendido entre los cerros, podrías llegar como el pensamiento, en un instante.
Y sin embargo el camino real, el camino verdadero, te desploma hasta los pies del cerro, bajando por vericuetos difíciles, entre barrancas y cascadas, entre piedras y caídas, hasta llegar al fondo de la quebrada donde corre espumeando el gran caudal del río que debes cruzar a fuerza, para iniciar el asenso metro tras metro. Muchas horas después llegas cansado, lleno de sudor y lodo y volteas la cabeza para ver tu propio pueblo a distancia, como antes viste la plaza en la que estás ahora.
Ahí es donde le das la razón a don Pacífico Muñoz, don Chico, quien no soporta estas distancias que tú has caminado y dice que ir a pie es inútil y a caballo tontería, que para estas tierras volar es indispensable.
Hace años que le escuchaste los primeros proyectos de vuelo y contravuelo. Fue cuando sentado, como tú ahora, al borde del abismo viendo al otro pueblo, dijo dándose un manotazo en las rodillas.
- Si no es tanto lo encogido de estas tierras sino lo arrugado. Montañas y montañas acrecentando las distancias. Si a este estado lo plancharan le ganábamos a Chihuahua . . . ¡Y ya vuelto llano a caminar más rápido! Pero así como estamos, sólo vueltos pájaros para volar quisiéramos.
Y así fue como la locura del vuelo se le fue colocando entre oreja y oreja a don Chico, como un sombrero de ensueño.
Volar fue la única pasión que le impulsaba en el día, a otro día, a otro mes, para seguir viviendo un año y otro año más. Si no fuera por el ansia del vuelo habría muerto de tristeza desde hace mucho tiempo, como tú me comentaste el otro día.
Don Chico subía, tú lo viste muchas veces, al cerro más alto para contemplar las distantes montañas azules y perdidas entre el vaho que viene de la selva. Allí sentado en la piedra donde escribió su nombre, tú escuchaste muchas veces a don Chico:
- La tierra desde el aire está al alcance de la mano. Los caminos son más fáciles al vuelo. Qué cerca están los mercados y las plazas a ojo de pájaro. Los valles y los ríos y las cañadas y cañones, los campos sembrados, los ganados en potreros lejanos, las ciudades nuevas y las viejas construcciones perdidas en la selva y al fondo el mar.
Don Chico inventaba una prodigiosa geografía expuesta a los ojos en vuelo, ávidos ojos tratando de reconocer ranchos y rancherías, vados y ríos, caminos, pueblos, lagos y montañas vistas desde arriba, desde el sueño, desde el aire de un sueño.
Don Chico regresa al pueblo, con la boca seca, abrasada por la fiebre de la aventura que le espesa la lengua, le ves llegar a la plaza y tomar de la fuente agua con las manos, enjuagarse, refrescarse la cara y declarar muy serio:
- Señoras y señores, voy a volar . . .
Recordarás como todos subimos y bajamos la cabeza para decirle que sí, que como no, que claro don Chico que vuela, y por dentro sentiste la risa alborotando el pecho y la barriga y tú aguantándote.
Don Chico entró a su casa, cogió una gallina, la pesó minuciosamente, anotó la lectura de la báscula, midió la distancia que va de punta a punta de las alas, anotó eso también, acarició a la gallina y la regresó al corral.
Inventó un complicado cálculo para conocer la secreta relación existente entre el peso del animal y el tamaño de las alas que permite vencer la gravedad y levantar el vuelo.
Don Chico dudó un instante si era adecuado tomar una gallina para tal experimento. Una paloma de vuelo largo habría sido mejor. Pero en su corral no había palomas.
Habiendo encontrado al fórmula que explica la relación entre el peso de la gallina y el tamaño de sus alas, se pesó él mismo, anotó la lectura y, aplicando la fórmula descubierta, calculó el tamaño de las alas que habría de construirse para poder volar. Apuntó la cifra en su libreta, se frotó las manos y se fue al parque.
El problema era ahora el diseño de las alas. Pensó que el mejor material era el carrizo, ligero y fuerte. Se detuvo un momento para dibujar con un palito sobre la tierra el esquema de su estructura. Satisfecho lo borró con el pie izquierdo y grabado en la memoria lo llevó a su casa.
Para recubrir la estructura nada mejor que el tejido del petate, la dúctil alfombra de palma.
Una vez que hubo construido las alas, descubrió molesto que eran pesadas para sus fuerzas. Recordó la relación entre las alas y el peso de la gallina y no se atrevió a modificarla.
Se suscribió a una revista sueca donde aparecían lecciones de gimnasia y dedicó algunos años a esta dura disciplina. Satisfecho sintió cómo aumentaban sus bíceps, crecían sus tríceps, se endurecían sus músculos abdominales, se marcaban nítidamente los dorsales y una potencia sentía nacer don Chico desde el centro de su cuerpo.
En el año sexto de su experimento movía con destreza las alas. Con sus brazos aleteaba movimientos llenos de gracia, en un simulacro de vuelo, no de gallina torpe sino de agilísima paloma.
En el pueblo había un orgullo compartido. Don Chico prometió volar antes de las fiestas patrias y se le invitaba a los patios a simular el arte complejo del vuelo. Acudía siempre hasta que descubrió que tales convivios no eran nacidos de la admiración a su técnica sino tan sólo el interés de producir ventarrones en el patio que barrieran de hojas y basura todo el poso.
Unos días antes de las fiestas patrias alguien levantó la cabeza. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús el primero que lo vio. Lo que sí se sabe que al instante todo el pueblo levantó la cabeza y vimos a don Chico Arriba del campanario con las alas puestas, iniciando cauteloso el aleteo que habría de conducirlo a la gloria. Detenía a veces el movimiento. Se mojaba con saliva el dedo y comprobaba la dirección del viento, abría de par en par las alas y descansaba la cabeza sobre el hombro, semejante a nuestro viejo escudo nacional. De pronto reinició el aleteo, arresortó la pierna derecha contra el muro del campanario para tomar impulso, apuntó el pie izquierdo hacia El porvenir, que tal era el nombre de la cantina que está enfrente de la iglesia y se dispuso a iniciar la epopeya. Alguien le preguntó tocándole la punta del ala izquierda:
- ¿Va usted a volar, don Chico?
- Seguro, respondió.
- ¿Y . . . llegará lejos, don Chico?
- Lejísimo.
- ¿Y de altura, don Chico?
- Altísimo.
- ¿Al cielo llegará, don Chico?
- Al cielo mismo.
La cara de aquel que preguntaba se iluminó:
- Por vida suya, don Chico, llévele al cielo éste queso a mi mamá que se murió con el antojo.
Don Chico aceptó con ligereza el queso, buscando deshacerse del impertinente sin considerar el error que habría cometido. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús, el primero que hizo el encargo al otro mundo. Lo que sí se sabe es que al instante todo el pueblo subió al campanario y don Chico siguió aceptando quesos y chorizos, dulces y aguardiente, tostadas y jamones para llevar al cielo.
Cuando don Chico resorteó la pierna derecha, siguiendo la dirección al porvenir, abrió el espectáculo grandioso de sus alas. El pueblo escuchó el estruendo de carrizos rompiéndose y petates rasgándose en el aire y quesos rodando por la calle.
Cuando el silencio volvió, alguien dijo: - Lo mató el sobrepeso. Si no fuera por los encarguitos, don Chico vuela.
LOS DIAS DEL PERRO - KIT REED
Aquella tarde, cuando Norton Enfield volvía a casa por el parque, estaba contento y pesaroso por no tener consigo a «Dirk». Mientras lo tuviese escondido en su casa, «Dirk» estaba a salvo, igual que todo lo del apartamento. Además, Enfield nunca se sentía cómodo con el; «Dirk» se movía con gracia aterciopelada, sin que apenas bastase la mano de Enfield para sujetar su correa. El joven tenía que reconocer que se sentía más a gusto enfrentado a fotógrafos, desviados y otros diversos peligros, que bajo la vigilante mirada amarillenta del perro. Siempre se había sentido inquieto ante el aura de poder comprimido del Doberman, sus colmillos rutilantes, y los músculos tensos y acerados bajo el reluciente pelaje. «Dirk», cuando él y Myrna hablaban, les contemplaba paseando la mirada del uno al otro, y Enfield, más de una vez, había llevado a su esposa a la cocina, a fin de poder conversar con ella a solas. No podía ahuyentar la sensación de que el perro comprendía y desaprobaba cuanto él decía. Sin embargo, con «Dirk» a su lado, Enfield no habría perdido su cartera, ningún canalla se habría atrevido a atacarle y, ciertamente, nadie le habría vapuleado; al contrario, Enfield habría experimentado el placer de ver cómo «Dirk» desgarraba las gargantas de sus agresores antes de que pudieran gritar pidiendo auxilio.
Había dejado a «Dirk» en casa porque Myrna insistió en ello: las brigadas de contaminación empezaban a ampliar sus búsquedas y sus misiones de destrucción, y emboscados detrás de cada arbusto había vigilantes civiles con redes y automáticas bien cargadas. Al salir del apartamento, le pasó por la mente que, si perdía a «Dirk», él y Myrna estarían ya completamente solos, pero Myrna había dicho simplemente:
—No te llevarás a «Dirk», no; al menos, tal como están las cosas.
Y el perro enseñó los dientes, empezando a gruñir.
«Dirk» era el perro de Myrna, realmente; lo había llevado a casa después de que la habían atracado en el ascensor por cuarta vez en una semana. Enfield volvió del trabajo, y la encontró en la salita con un cachorro de patas delgadas que no correteó ni saltó como suelen hacer los cachorros, sino que levantó la cabeza como un caballo de carreras y le miró con un ojo bordeado de blanco.
—¿Qué es esto?
—Mi protección.
Myrna estaba acurrucada en el suelo, junto al perro, mirándole a través de una mata de pelo obscuro, muy brillante.
—¿Verdad que es adorable?.
La cabeza del perro tenía forma de diamante, como la de una serpiente, y dirigió a Enfield una mirada madura, de cálculo.
—¿Cómo se llama? —inquirió Enfield.
Myrna, que siempre había llamado Norty a Enfield, y se burlaba de él por no tener un nombre cortante como una daga, repuso:
—«Dirk». Es muy cariñoso, y es tan hermoso como un chiquillo. «Dirk Storm».
—Bien, supongo que vas a posponerlo al bebé.
—Por algún tiempo.
Graciosamente, la joven ladeó la cabeza, que era tan sedosa como la del cachorro.
—Bien, habrá que adiestrarlo.
De modo que el perro, desde el principio, fue de Myrna y vigilaba todos los movimientos de Enfield con gran celo, tensándose sobre sus patas traseras cuando éste pretendía abrazar a su esposa, y gruñendo roncamente cuando Enfield levantaba la voz.
Más de una vez, el joven se despertó sobresaltado, casi seguro de haber escuchado una respiración dentro de la habitación, y no había podido abrazar a su esposa en la cama sin pensar en el perro. Aunque «Dirk» estaba encerrado en la cocina, Enfield no lograba librarse de la vívida imagen del perro erguido en el tocador, dispuesto a abalanzarse al más ligero movimiento de Enfield hacia Myrna. Aunque «Dirk» le había salvado de que le robaran más de una vez y había atacado a un ladrón en el vestíbulo, salvándole de esta manera la vida, Enfield siempre lo consideraba con emociones encontradas. Precisamente con estas mismas emociones, había visto a los celosos vigilantes entrar en acción, por lo que pudo compartir el pesar de Myrna cuando el alcalde eligió su espectáculo nocturno musical del domingo para anunciar la creación de lo que, eufemísticamente, llamó la brigada anticontaminación.
—¡Es un asesino! —gimió Myrna, echándose a llorar—. Es como en los campos de concentración.
—Los perros ensucian las aceras, Myrna. Nos hundimos hasta las rodillas en sus excrementos y, además, ellos despedazan a los chiquillos en las calles.
—Sus madres deberían tener más cuidado.
—Temo que este asunto haya ido ya demasiado lejos —replicó Enfield, y añadió—: Y ha escapado a nuestro control.
Así, cuando aquella tarde llegó a su casa por el parque, pudo oír el distante sonido de unos disparos y unos gritos de dolor, alaridos y gruñidos, y, más cerca, un búho que dejó oír su ulular en medio de los otros rumores, entremezclándose a los demás en su incalculable dolor. Cuando dobló la última esquina, Enfield tropezó con el origen de todo eso: una vieja dama con la nariz levantada y la garganta hinchada por la angustia, inclinada sobre el cadáver de un pequinés.
—Nunca ladraba —gimió cuando él trató de calmarla—. Nunca mordió a nadie ni apenas molestó, al menos que yo sepa, y siempre tuve mucho cuidado de él. Y cuando se ensuciaba, yo lo recogía con mi palita de plata, me lo llevaba a casa y lo tiraba por el retrete... y... oh, oh, oh... —sollozó, acabando por articular un gemido ronco.
—Estoy seguro de que significaba mucho para usted, señora —manifestó Enfield, que habría hecho cualquier cosa para que aquella dama dejara de sollozar—. Tal vez hubiera usted podido disecarlo.
—¡Disecarlo! —chilló la dama—. ¡Disecarlo!
Enfield se marchó precipitadamente, ya que la mujer se había vuelto hacia él con la sana intención de destrozarle.
En la avenida, otro dueño de un perro, muy alterado, luchaba por salvar su vida; la brigada de anticontaminación había atrapado a su animal y una manada de perros salvajes se había precipitado sobre su cadáver. Ahora ya habían terminado con él y estaban atacando al dueño, sedientos aún de sangre. Enfield miró a su alrededor en busca de un bastón u otro objeto contundente, pero no había nada.
—¡Póngase a salvo! —le gritó el otro, desapareciendo entre un torbellino de colmillos y garras.
Enfield miró otra vez en busca de la brigada anticontaminación, pensando que quizá ellos podrían hacer algo, pero debían de haberse metido ya en su camioneta tan pronto como concluyeron su trabajo. Al fin y al cabo, era más seguro perseguir a los perros sujetos por correas que correr tras los perros salvajes que se ocultaban en el parque. Era más fácil seguir la ley al pie de la letra y caer sobre el chucho bien educado de una casa de postín o sobre el grueso perro de aguas que sigue sumisamente la correa. Casi todos los dueños de perros los tenían dentro de sus casas, o los sacaban sólo de noche, intentando esquivar la brigada que patrullaba las veinticuatro horas del día. Cuando la brigada se abatía sobre un animal para cumplir su deber, el propietario de aquél contemplaba ensimismado el collar vacío, y la correa colgante, murmurando:
—¡Si el pobrecito gimió y suplicó hasta que no tuve más remedio que sacarlo!
Los que poseían más fuerza de carácter habían ya liberado a sus perros, esperando que sobreviviesen en el parque. Podían acudir a una cita nocturna ocasional y, con suerte, los dueños conseguían cruzar algunas palabras amables con el amado perrito, antes de que volviese a huir, perseguido por la manada de colegas salvajes. Enfield se preguntó si a «Dirk» le gustaría citarse con Myrna en el parque, pero ya tenía la respuesta: a veces, parecía como si ellos estuviesen al servicio del perro, y no éste al suyo.
A sus espaldas oyó gruñidos y ruidos más siniestros aún. Era la época en que un perro se zampaba a otro, era verdad, y Enfield huyó por la avenida.
La marcha le resultó pesada; el tráfico no avanzaba desde varias semanas antes, lo que significaba tener que saltar por encima de los «Volkswagen» mohosos, y de los taxis arrimados uno al otro. Los autos abandonados ocupaban tanto espacio que los perros estaban como aprisionados en las aceras, y por entonces éstas se hallaban llenas de basura, desperdicios y excrementos, con alguna carcasa que mostraba huellas de galantería o carnicería, según. Desde el anuncio del alcalde, sanidad se había dedicado al exterminio, y no parecía poder solucionar el problema. El programa se hallaba en su quinta semana y el maldito asunto no había mejorado, sino empeorado. Los perros vagabundos habían aumentado y, además, varios seres humanos habían tomado las aceras como lavabos, formando parte de un movimiento radical destinado a demostrar algo ignorado.
Tal vez debido a la falta de éxito, las brigadas de anticontaminación se tornaban cada vez más rudas y crueles; habían empezado ya a trabajar en los portales de los edificios, sobornando a los porteros para que les dijeran cuántos perros habitaban en ellos y cuándo solían sus dueños sacarlos fuera.
Ante la insistencia de Myrna, Enfield mantuvo a «Dirk» dentro del apartamento desde el principio. Myrna creía, por lo visto, que fuera de vista significaba también fuera de pensamiento, y había hecho cuanto pudo para ejercitar al perro dentro del apartamento, enseñándole a saltar sobre la mesita del café a rebotar contra la puerta y luego a dar otro salto. Cuando Enfield contemplaba a «Dirk» con expresión de duda la joven se ponía a la defensiva, y determinó enseñarle a «Dirk» a ir al lavabo. Enfield supuso que esta crisis terminaría como habían terminado otras, pero no le gustaba la expresión que ofrecía el perro, como si estuviese enterado de la amenaza exterior, ni le gustaba su aguzado nerviosismo ni la forma inquieta en que se paseaba, al no poder bajar al parque. El perro, decidió Enfield, estaba a punto de estallar, y a su regreso al hogar aquella tarde, el joven decidió también que aprovecharía el momento adecuado y pondría un poco de veneno en el plato del chucho; el veneno lo llevaba ya en el bolsillo. Myrna nada sabría, y a pesar de su subsiguiente vulnerabilidad a los ladrones y atracadores, estaba convencido de que todo saldría bien.
Myrna le recibió en la puerta..
—¿Te has enterado?
—¿De qué?
—Ya no atrapan a los perros en las calles. Los buscan de puerta en puerta.
Enfield miró hacia «Dirk»; el perro se hallaba encaramado a su silla favorita, contemplándole con una mirada tan salvaje, que Enfield balbució:
—Bien vamos a...
Su mujer le colocó un dedo en los labios.
—Chist..., lo entiende.
Enfield dedicó al perro una aguda mirada; «Dirk» se Iamía las costillas. Enfield empezó a deletrear:
—TENDREMOS QUE DEJAR QUE LO ATRAPEN.
Myrna le dirigió una mirada cargada de desesperación.
—¡Nunca nos dejará que...!
El perro volvió la cabeza a su alrededor.
—Chist... —pidió Enfield.
—No podemos permitir que lo cojan —exclamó Myrna, en tono demasiado alto—. ¿Lo has oído, «Dirk»? Nunca permitiremos que te atrapen... —su voz se convirtió en un susurro—. Ahora están en el edificio.
—Entonces, lo cogerán más pronto o más tarde —murmuró Enfield. Tenía la extraña sensación de que el perro sabía que él llevaba veneno en el bolsillo—. Y si vienen, NOSOTROS LES DEJAREMOS...
—¡No! —ella sacudió la cabeza—. He pensado algo mejor.
El perro saltó de la silla y se situó al lado de su cama.
Los tres pegaron un brinco cuando oyeron una fuerte llamada a la puerta.
—Son ellos —susurró Enfield. Luego—: ¿Qué es esto?
Myrna había cogido un objeto peludo de una silla.
—Tu disfraz.
—Estás bromeando...
La llamada a la puerta se había convertido en empujones. Otro minuto, y derribarían el obstáculo.
Myrna trasladó la mirada desde su marido al perro, y éste gruñó.
—No, no bromeo, Norty. Se trata de elegir entre él o tú.
—¡Pero yo soy tu esposo!
Enfield vio, alarmado, que había un batín suyo encima del diván, junto con un pañuelo y una toalla para envolver la cabeza.
—Cariño, tú no puedes...
El perro se dispuso a saltar.
—Lo siento, «Dirk» no me deja otra elección.
La puerta estaba cediendo. Myrna cogió el disfraz de perro, con decisión inexorable.
—Será mejor que te lo pongas sin rechistar.
DECLARACION DEL MONJE BUDISTA INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL
—Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. El marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su cara. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku1 cuatro sun2, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.
¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...
DECLARACION DEL SOPLON INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL
—¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong1, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.
De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él el que mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo.
No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.
DECLARACION DE UNA ANCIANA INTERROGADA POR EL MISMO OFICIAL
—Sí, es el cadáver de mi yerno. El no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehiro Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.
¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.
Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba ese destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.
CONFESION DE TAJOMARU
Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.
Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.
¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como la que ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras que vosotros matáis por medio del poder, del dinero, y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matáis vosotros, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la habéis matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta, me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)
Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar al hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia... Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.
Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.
Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.
Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.
Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)
Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.
Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte... (Sereno suspiro.)
Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada.
¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.
Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)
CONFESION DE UNA MUJER QUE FUE AL TEMPLO DE KIYOMIZU
—Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera, ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia. El bandido había desaparecido, y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentí en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante, me aproximé a mi marido, y le dije:
—Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte. Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!
Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal.
Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:
—Te pido tu vida. Yo te seguiré.
Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».
Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.
Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podría hacer. Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)
![]() | You scored as Satanism. Your beliefs most closely resemble those of Satanism! Before you scream, do a bit of research on it. To be a Satanist, you don't actually have to believe in Satan. Satanism generally focuses upon the spiritual advancement of the self, rather than upon submission to a deity or a set of moral codes. Do some research if you immediately think of the satanic cult stereotype. Your beliefs may also resemble those of earth-based religions such as paganism.
Which religion is the right one for you? (new version) created with QuizFarm.com |
I still recall the taste of your tears
Echoing your voice just like the ringing in my ears
My favorite dreams of you still wash ashore
Scraping through my head 'till I don't want to sleep anymore
You make this all go away
You make this all go away
I'm down to just one thing
And I'm starting to scare myself
You make this all go away
You make this all go away
I just want something
I just want something I can never have
You always were the one to show me how
Back then I couldn't do the things that I can do now
This thing is slowly taking me apart
Grey would be the color if I had a heart
Come on tell me
You make this all go away
You make this all go away
I'm down to just one thing
And I'm starting to scare myself
You make this all go away
You make this all go away
I just want something
I just want something I can never have
In this place it seems like such a shame
Though it all looks different now
I know it's still the same
Everywhere I look, you're all I see
Just a fading fucking reminder of who I used to be
Come on tell me
You make this all go away.
You make this all go away
I'm down to just one thing
And I'm starting to scare myself
You make this all go away
You make it all go away
I just want something
I just want something I can never have
I just want something I can never have
Nine Inch Nails
Tormentas electricas han ocurrido desde hace varios días. Es obvio que me he ausentado, pero como siempre ¿a quien chingados le importa?. No tengo muchas cosas que contar, la vida de una escritora en formación que ni ha acabado la prepa no es asunto de nadie. De aquí del ciber me voy de compras, si es que me alcanza la lana, yo creo que si, solo quiero unos corn pops y un poco de leche... ¿es demasiado pedir acaso?...
Cuanta razón tenías Janis.
Ouh, lord, Why don't you buy me a Mercedes Benz?Es la vida y nada mas se le puede pedir
Bueno... como siempre, al quizz del día, y solo por humor...
You are a Purchasing Perfectionis! You invest as
much time shopping research as you do in the
items themselves. You thoroughly enjoy the hunt
and rarely make a fashion faux pas. You're as
good a shopper as you are a friend...and that's
pretty darn great! Let's go shopping soon!;)
What kind of Shopper are You?
brought to you by